lunes, 16 de agosto de 2010

Pano

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Ocrubre / 2007

                                                                      

Cipriano Santos abrió camino para los hispanos en Hewlett-Packard

A los 3 años a Cipriano Santos lo atacó la poliomielitis, pero en vez de estropearle la vida y deprimirlo de por vida, la enfermedad le abrió el camino de las matemáticas y campos de acción insospechados.

 

A diferencia de la mayoría de chicos de su generación en Ciudad de México, sus héroes no eran luchadores, atletas o artistas, sino Albert Einstein, el autor de la teoría general de la relatividad. Lo que le apasionaba a Pano —como lo llaman sus conocidos— eran las cosas del espacio, los viajes a la Luna, los programas de ciencia ficción.

 

Aunque él dice que no era muy bueno para las matemáticas cuando chavo, al ver sus inclinaciones un amigo le dio un consejo de oro: "Vuélvete físico nuclear".

 

No lo siguió al pie de la letra, pero le confirmó que, con una cabeza como la suya, la ciencia era una posibilidad para alguien con su talento y su temperamento.

 

En esos años Pano conoció a un actuario, un profesional altamente valorado en las agencias de seguro y en las compañías financieras que se encarga de hacer análisis de riesgo y otras operaciones parecidas. Gracias a este contacto, su relación con los números y los logaritmos terminó sellándose.

 

"Me gustan las matemáticas, pero aplicadas, y este amigo trabajaba para el Instituto de Demografía, donde se dedicaba a hacer cosas fascinantes", recuerda.

 

Pero aun las mentes científicas tienen necesidad de desplazarse. Siendo muy joven (así como en su momento hiciera el presidente Franklin Delano Roosevelt, atacado por el mismo mal) trabajó con un mecánico y un cuñado con aficiones ingenieriles, y juntos modificaron un automóvil para que él pudiera conducirlo.

 

"Fue mi primer carro manualmente operado", dice orgulloso.

 

Tras recibirse de actuario en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) , siguió estudios superiores en Canadá y EU, siempre apoyado por su familia. Terminaba su doctorado en Investigación de Operaciones (IO) en la Universidad de Rochester, Nueva York, cuando su jefe actual, un ingeniero con muy buena posición en Hewlett-Packard lo "descubrió".

 

Pero antes de ser admitido a HP Santos tenía que pasar la prueba a la que son sometidos todos los aspirantes a trabajar con la compañía.

"Fue un bombardeo. Me entrevistaron 15 personas, una hora cada uno. Es que el filtreo es fuertísimo", recordó.

 

En 1989 se convirtió en el primer ingeniero mexicano en las filas de esa corporación. Sus colegas son matemáticos aplicados, ingenieros de operaciones, estadísticos y economistas que experimentan y desarrollan sistemas para manejar cadenas de proveedores, niveles de inventario, planeación de producción y asignación de recursos humanos a proyectos.

 

"Estamos trabajando con nuestros grupos en India: te estoy hablando de un total de ingenieros que oscila entre 10 mil y 12 mil, todos relacionados con servicios".

 

Cipriano viaja a este país dos o tres veces al año para trabajar con ellos.

 

La idea de su labor, explica, está relacionada con el cómputo. "Se trata de hacer del cómputo un servicio. Si tú como usuario tienes un requerimiento de este tipo, nosotros desarrollamos unos sistemas que permiten identificar los recursos necesarios".

 

En 2004, Pano obtuvo el prestigioso galardón que otorga la HEENAC (Corporación Nacional de Premios por Logros a Ingenieros Hispanos) a los elementos más destacados en ese campo. Un año después fue incluido en la lista de los 50 hispanos más distinguidos en Estados Unidos por la revista Hispanic Engineer & IT.

 

Al mismo tiempo que su posición le reportaba mucho orgullo, el ingeniero mexicano se negaba a ser la excepción, quería que las puertas se abriesen para otros hispanos.

 

A partir del premio de la HEENAC, Pano se ha involucrado en el desarrollo científico de los hispanos en EU, pues, como él reconoce, estos muestran un desempeño muy bajo en sus distintas disciplinas.

 

"Estoy trabajando con una fundación para crear competencia en matemáticas. Entre nuestra gente hay muchos niños y jóvenes con habilidades tecnológicas y científicas, pero es necesario que empiecen a plantearse otros modelos. En lugar de ambicionar convertirse en gerentes de McDonald's, por ejemplo, deben apuntarle a un Nobel".

 

Como parte de sus iniciativas, el ingeniero ha desarrollado un programa para traer ingenieros y matemáticos de México a Hewlett-Packard. Ahora hay tres mexicanos con doctorados y muchos estudiantes técnicos trabajan a su lado.

 

"México sacó una medalla en la Olimpiada Matemática, donde participan alrededor de 30 mil competidores. Es como un torneo de futbol, los fines de semana te encierran ocho horas a resolver problemas matemáticos y de ahí se escoge a seis. Esa es la experiencia que queremos usar aquí", concluye Pano.

 



El futuro de las ideas socialcristianas en un mundo plural

Por: Antero Duks

Octubre / 2007

 

 

En un México que se transforma vertiginosamente con una democracia naciente y en un proceso de transición, el papel de los políticos con un compromiso serio frente al bien común es relevante. En esta reflexión, Carlos Abascal, ex Secretario de Gobernación, un político de convicciones, comparte su visión de la política en un mundo plural.

 

La pregunta es clara; tiene una respuesta teórica sencilla, aunque la puesta en práctica es retante; ¿cómo defender y promover las ideas socialcristianas en un mundo caracterizado por la pluralidad y la diversidad de opiniones, posturas, convicciones y confesiones religiosas?

 

Procuraré dar una respuesta a la pregunta desde una perspectiva práctica. Llevo varias décadas en la lucha cívico-política y cada nueva experiencia complementa mi respuesta pues sigo aprendiendo.

 

En ningún caso podemos plantear el tema como algo teórico o que solo pertenece al mundo de las ideas. Coincido con el gran filósofo Chesterton: "todo buen pensamiento que no se convierte en palabras es un mal pensamiento, y toda buena palabra que no se vuelve acción es una mala palabra

 

Parafraseando a Chesterton: Todo buen pensamiento que no se convierte en palabras es un pensamiento imperfecto y toda buena palabra que no se vuelve acción es una palabra estéril. No pretendo desarrollar grandes teorías filosóficas busco ser más testigo que otra cosa -hay otros que lo harán mejor que yo-. Quiero destacar algunos puntos emanados del magisterio social de la Iglesia Católica, a la cual me honro en pertenecer, y de ciertos pensadores humanistas que han marcado mi actuación como político.

 

Quiero comenzar subrayando que los fieles laicos tenemos la obligación de participar en política. Así nos lo recuerda Su Santidad Juan Pablo II en la exhortación apostólica Post-sinodal Christifideles Laici. Ahí nos dice que: "nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso (1)

 

A nadie le es lícito permanecer ocioso. ¡Que fuerza tiene esta frase! A través de ella el Santo Padre nos hace ver que como fieles laicos no podemos mantenernos en nuestra casa, que estamos llamados a ser obreros en su viña, que no debemos incurrir en uno de los pecados más graves para un cristiano: el de omisión.

 

Asimismo el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia afirma que "la participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia".

 

Frente a nosotros tenemos un mundo que dista mucho de ser homogéneo o uniforme. Se nos presenta una sociedad expectante, necesitada tanto de soluciones a sus problemas más sentidos como de una guía espiritual. Conviene advertir, entonces, que las comunidades que integran nuestras sociedades no pueden entenderse ya sólo como un gran todo social. Por el contrario, nos desarrollamos en un mundo que es diverso, en el que impera la pluralidad. Así, el diálogo emerge ya no solamente como un deber ético, sino como una verdadera necesidad para poder llegar a certezas comunes con quienes no comparten nuestra forma de pensar.

 

Los católicos hoy vivimos, actuamos y nos desarrollamos en el contexto de las sociedades plurales. A esa pluralidad debemos verla simplemente como el signo de nuestros tiempos en una era en la que el ser humano es incapaz de procesar todos los estímulos que recibe a través de los medios masivos electrónicos, el Internet, el cine, la mercadotecnia. La pluralidad de nuestros tiempos se parece más a la ausencia de ideas propias o a la aceptación irreflexiva de propuestas carentes de valor antropológico. Y justamente, buena parte de nuestra contribución a la sociedad moderna, consiste en llevar el mensaje del humanismo trascendente en medio de esta realidad. Ese es un esfuerzo que en no pocas ocasiones ha sido encabezado por políticos cristianos. Me viene a la cabeza el ejemplo de Konrad Adenauer, de Robert Schuman o de Alcides De Gasperi, quienes levantaron una nueva institucionalidad en Europa y tendieron puentes de acuerdo entre sociedades agraviadas y enfrentadas por conflictos muchas veces ancestrales.

 

El diálogo ha sido, el factor por excelencia que ha permitido a las nuevas democracias consolidarse como sociedades más humanas.

 

LA MODERNIDAD, SU CRISIS Y LA REACCIÓN POSMODERNA

 

La época que nos ha tocado vivir está marcada por la crisis de la modernidad. Este término, "modernidad", agrupa diversas corrientes de pensamiento, producto de la Ilustración, cuya esencia es la concepción del hombre y de la sociedad como liberadas de toda referencia a una realidad trascendente. Esta cosmovisión inmanentista y secularista tiene una confianza casi absoluta en que el conocimiento racional y científico le garantizará a la humanidad un proceso creciente de bienestar material y de progreso. La ética se convierte en algo totalmente subjetivo, pluralista, que ha superado los prejuicios religiosos, y la política emerge como algo absolutamente secularizado, que habrá de llevar a los pueblos a un desarrollo lineal.

 

Pero esa modernidad, en la que están inspiradas diversas ideologías como el liberalismo o el marxismo, y que sirvió de faro tanto a izquierdas como a derechas, hoy está en crisis. Sus teorías, sus principios y sus valores entraron en cuestionamiento desde la realidad social misma. Además de que no cumplió con la promesa de una sociedad libre del flagelo de la pobreza y la inequidad, y gobernada por la luz de la razón, la modernidad, paradójicamente, no resolvió los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que planteaba desde sus versiones de la izquierda y la derecha.

 

La experiencia histórica nos demostró, no sin dramatismo y muerte, que hasta los medios mas racionales pueden estar al servicio de los fines más irracionales, y así vimos pasar frente a nosotros guerras fratricidas, armas de destrucción masiva, depredación del medio ambiente o corrupción criminal. Los avances tecnológicos, producto del desarrollo de la ciencia, no siempre se tradujeron en herramientas a favor del hombre, sino que en no pocas ocasiones se revirtieron en su contra y se convirtieron en sus peores enemigos.

 

Frente a esta modernidad declinante y en crisis surge la etapa posdemocrática que muchos llaman "posmoderna". Ésta no cuestiona las premisas de la modernidad pero critica su proyecto, al que acusa de no haber logrado la emancipación humana. El pensamiento postdemocráctico, posmoderno, sin proponer realmente una agenda de cambio, postula una ruptura con el orden disciplinario y convencional de la modernidad, desconfiando de sistemas y de absolutos. Los individuos ya sólo quieren vivir el presente, y el futuro, sobre todo el colectivo, pierde importancia. Los estados toman decisiones que destruyen la premisa democrática fundamental: la igualdad esencial de todos los hombres expresada en los derechos universales del hombre, por ejemplo, mediante el aborto. Las democracias más "avanzadas" suponen que pueden imponer la democracia a todos los pueblos; la libertad que es como la sangre que circula por el organismo democrático se ha tornado libertinaje; la pretensión de dominio de los estados democráticos más fuertes, pasa por encima de cualquier principio democrático para alcanzar su propósito. La participación ciudadana, pilar de la democracia, va siendo relegada en aras del interés económico de las grandes corporaciones y del poder creciente de los medios masivos de comunicación.

 

Es la época del desencanto, de la negación de la política, de la desilusión por el porvenir. El desvanecimiento de las ideas conduce a un secularismo crudo, desnudo, y a una ética acérrimamente individualista y hedonista, donde lo que se pretende es maximizar el placer y la utilidad. Se renuncia a los ideales. Es el tiempo del relativismo, del culto al cuerpo, del consumismo, del desarraigo. Algunos autores, como Lipovetsky, incluso la han considerado como la era del vacío, como el imperio de lo efímero (2)

 

Se exalta la pluralidad ética como valor absoluto y, en no pocas ocasiones, se exige como requisito para poder convivir en ella la renuncia a los principios propios, los cuales son considerados como fuente potencial de conflictos o intolerancias.

 

Hoy, nos dice Rodrigo Guerra, los políticos han ingresado en la moderación y hasta en el escepticismo respecto del valor de los contenidos ideológicos, y han girado hacia la búsqueda de la pragmatización de las propuestas de acción política, generando un debilitamiento de las aspiraciones democráticas de la sociedad y una anomia ideológica acompañada por un pragmatismo utilitarista (3)

 

EL PAPEL DE LOS CATÓLICOS Y EL FUTURO DE LAS IDEAS SOCIALCRISTIANAS

 

Ante esta situación, no debe extrañarnos que el cristiano, sobre todo aquél que ha decidido participar en la vida pública, experimente un sentimiento de gran perplejidad, cuando no de franca vacilación. Surgen inevitablemente las preguntas: ¿qué debe hacer el cristiano que actúa en política? ¿Cuál es el futuro de las ideas humanistas de inspiración cristiana en un mundo fragmentado, escéptico, confuso?

 

En México durante décadas estaba prácticamente prohibido asumirse como católico en la vida pública. Los católicos, siendo una gran mayoría, estábamos casi condenados a la clandestinidad. Desde la segunda mitad del Siglo XIX, se impuso un laicismo fanático, intolerante, que reducía los valores cristianos únicamente a la esfera de lo privado, y a veces ni siquiera ahí se les permitía desarrollarse con libertad, produciendo una verdadera esquizofrenia social.

 

Pasó entonces lo imaginable: los católicos, como bien señaló alguna vez Carlos Castillo Peraza, sucumbimos al complejo de pieles rojas: en la reservación nos poníamos las plumas y los mocasines e invocábamos al Gran Espíritu, pero después derrotados por la modernidad liberal, nos disfrazábamos de blancos para vivir tranquilos, sin temor a la burla y al adjetivo.

 

Esto hizo que surgieran dos posiciones. Primero, la del católico acomodaticio que, acomplejado e incapaz de dar respuesta a la modernidad ilustrada, optó por disolverse en ella, reduciendo su identidad a la vida privada y anónima, estableciendo una separación radical entre su fe y sus valores y las instituciones públicas. Frente a este cristianismo anónimo se levantó la postura integrista, igualmente ineficaz, que decidió vivir en el gueto, atrincherada, olvidada de un mundo del cual no se sentía parte y que lo podía contaminar.

 

Así pues, se cometieron dos excesos, la disolución del catolicismo en la cultura moderna, hedonista, materialista y pragmática, y el congelamiento inmovilista del cristiano frente al mundo moderno.

 

Pero pareciera que éste no fue un fenómeno exclusivo de mi país. Los católicos, como lo señaló José Luís Aranguren, oscilamos del rechazo total de la cultura moderna, a su aceptación total indiscriminada y a la consecuente marginación de nuestra historia y de nuestros valores. Esto como producto, en buena medida, de las presiones de cierta intelectualidad laicista que ha pretendido imponer la idea de que la fe está completamente separada del mundo y que no tiene nada que ver con la historia. No es exagerado afirmar que el significado de las palabras de Jesús en el Evangelio, "dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios", ha sido tergiversado y manipulado por unos y otros para expulsar a Cristo de la historia.

 

¿Cómo actuar, entonces, en un mundo que como ya se mencionó, presenta retos inéditos y especialmente complejos para quienes aceptan ser luz del mundo y sal de la tierra en la vida pública? Nuestro reto es hacer lo que nos toca hacer, sin miedo, sin desmayo.

 

DESAFÍOS PARA EL CRISTIANO

 

Por otra parte, es necesario reconocer que la pluralidad y la necesidad del diálogo traen consigo varios desafíos para los cristianos. El principal de ellos es aceptar a la otra persona, ver en ella a Cristo mismo, considerarlo como nuestro prójimo, respetar su dignidad. Más que tolerancia, el cristiano debe tener solidaridad. Más aún, a la luz del mandamiento del amor, el cristiano debe promover el amor en la vida pública, en especial en la política.

 

Pero no debe confundirse la necesidad de dialogar con el equívoco y relativista argumento de que todas las ideas son verdaderas o, peor aún, que ninguna de ellas lo es. Hay ideas verdaderas e ideas falsas; sin embargo todas las personas son verdaderamente personas. Las ideas se defienden, se argumentan, se difunden y se contrastan. A las personas se les respeta siempre. La pluralidad no puede significar nunca la renuncia a las propias convicciones. ¿O acaso puede generarse una vida democrática a partir del escepticismo, es decir, de la afirmación de que no es posible acceder a la verdad o de la negación de que la verdad existe? Desde luego que no. Cito nuevamente a Carlos Castillo Peraza: "si mi verdad y tu verdad son lo único; si no se afirma que existe la verdad, entonces lo verdadero va a ser decidido por el más fuerte y sobrevendrá la opresión".

 

Y es que la democracia necesita de valores absolutos para existir. El relativismo intelectual o moral, manipulable además por las "mayorías", es el fundamento de la postdemocracia que acabará siendo antidemocracia.

 

Sólo desde la identidad propia es posible dialogar con quienes no piensan como uno. Solo dejando atrás los complejos y teniendo seguridad en lo que se afirma, es como uno puede ser válido interlocutor con la contraparte. La política requiere superar el escepticismo pragmático y responder a las preguntas que están en boca de los ciudadanos.

 

En la encíclica Sollicitudo Rei Sociallis, Juan Pablo II nos dice que el católico debe luchar porque su propia visión pueda ser considerada tan valiosa como cualquier otra en la edificación de las estructuras políticas, en la formulación de las decisiones de las que depende el desarrollo y, en consecuencia, la paz. Dicho de otro modo: al mismo tiempo que debe actuar en el seno de una sociedad plural, debe rechazar esa supuesta "modernidad" que identifica lo público con lo estatal y que atribuye de manera única al Estado la fundación axiológica y jurídica de la convivencia humana, generando así un laicismo intolerante e irrespetuoso con la verdadera libertad religiosa.

 

Y esas decisiones pendientes en las que tenemos el deber de influir, implican asumir el reto de poner a la persona humana en el centro del desarrollo:

 

1.- La defensa de la sacralidad de la vida humana.

2.- La promoción de la familia, comunidad estable de amor entre una mujer y un hombre.

3.- La eliminación de la miseria y la reducción de la pobreza.

4.- El respeto a los Derechos Humanos: Niñas, niños, mujeres, migrantes.

5.- La consolidación de la paz: contra la violencia y el terrorismo.

6.- La lucha contra causas de mayor mortalidad infantil y materna VIH-SIDA.

7.- El acceso de todos a salud básica y medicinas.

8.- La conservación y protección del entorno.

9.- La aplicación de la Ley y de los tratados con pleno respeto al orden natural.

10.- La matriculación universal en educación básica y la elevación de la calidad contenidos y la formación en valores morales.

11.- La eliminación de cualquier forma de discriminación.

12.- Alianzas globales para la competitividad compartida y tecnología compartidas.

13.- El fortalecimiento y, en su caso, la recuperación del sentido social de medios masivos.

14.- El fortalecimiento de la identidad cultural de todos los pueblos.

 

No podemos, desde la perspectiva de la fe, dejarnos asfixiar por la estridencia de las diversas voces de la sociedad contemporánea, so pena de quedarnos inmóviles, en medio de los escollos, los peligros y los límites que la situación nos muestra. Los católicos que actuamos en política debemos participar, plenamente, con identidad propia, del universo de las decisiones políticas, sin nostalgias de confesionalismo estatal y sin los complejos de quien se siente fuera del mundo y fuera de época. ¿Cómo podríamos los cristianos estar fuera de época y del mundo si el Maestro es quien ilumina todos los tiempos, pues Él es el único camino, verdad y vida?

 

Lo que está en juego es el bien común. Para avanzar en su edificación, debemos postular el primado de la política como ciencia, arte y virtud, que mediante el diálogo, construye las condiciones adecuadas para propiciar la plena realización temporal de las personas y para propiciar también la expansión del espíritu en un marco del pleno respeto y promoción de los derechos humanos.

 

Sin embargo, hay que enfatizar que si la política parte de una concepción mutilada del ser humano, acabará por ser su adversaria y opresora. Como afirma la Doctrina Social de la Iglesia "una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana".

 

El humanismo cristiano, filosofía y revelación, afirma que la persona humana, espíritu encarnado o cuerpo espiritualizado, está dotada de inteligencia para conocer la verdad, y de voluntad para adherirse a ella y hacerla su bien; posee conciencia para discernir el bien y el mal; es individuo desde su concepción, hasta su muerte natural, único e irrepetible y, al mismo tiempo, de naturaleza social; es libre con responsabilidad; está dotada de la capacidad de amar; está ordenada hacia su bien por medio de principios morales escritos en su corazón; está protegida por derechos humanos anteriores y superiores al Estado; está llamada a la felicidad temporal y eterna; está revestida de una dignidad infinita por haber sido creada a imagen y semejanza de Dios.

 

El humanismo cristiano, afirma que la persona es principio y fin inmediato de la familia y del Estado. Esta aportación constituye un patrimonio ético que va más allá de las fronteras de la Iglesia Católica y ofrece un terreno común de convivencia a quienes no comparten la fe. Supone considerar a la persona como poseedora de una dignidad y de un valor absoluto incuestionables en todas las etapas de su vida, desde el momento mismo de su concepción. De esta visión se derivan obligaciones prácticas específicas, como el diseño de políticas públicas que respeten y promuevan esta noción de persona en y desde la familia, a partir de los principios básicos de la convivencia humana: la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, la justicia, el bien común.

 

La Doctrina Social de la Iglesia ante los retos del Tercer Milenio, nos enseña que los laicos en democracia y en política, deben recurrir a los siguientes criterios fundamentales: "la distinción y a la vez la conexión entre el orden legal y el orden moral; la fidelidad a la propia identidad y, al mismo tiempo, la disponibilidad al diálogo con todos; la necesidad de que el juicio y el compromiso social del cristiano hagan referencia a la triple e inseparable fidelidad a los valores naturales, respetando la legítima autonomía de las realidades temporales, a los valores morales, promoviendo la conciencia de la intrínseca dimensión ética de los problemas sociales y políticos, y a los valores sobrenaturales, realizando su misión con el espíritu del Evangelio de Jesucristo".

 

Así, las ideas socialcristianas fundadas en la filosofía, la sociología, la historia y las ciencias en general, deben ser una fuente de vida, en un mundo no pocas veces dominado por la cultura de la muerte; de ellas debe brotar esperanza, ilusión y pasión por un mundo mejor. Necesitamos formar una juventud llena de ideales y de esperanza, a partir de un realismo sereno. Una juventud sin ideales de amor, justicia y orden es una juventud decadente, valga la contradicción. Y es que los ideales son la adrenalina del espíritu. Son estas ideas, sostenidas y vividas por los laicos comprometidos, precisamente desde su laicidad, las que deben contribuir a la humanización de este mundo convulso, de realidades descarnadas, de necesidades sociales cuyo alivio no admite dilación. Llevando el pensamiento socialcristiano al diálogo con otros actores sociales y políticos y, al mismo tiempo, proyectándolo en la forma de nuevas iniciativas de leyes y de políticas públicas de nuestro tiempo, lograremos una verdadera humanización de la sociedad en dos niveles necesarios: el nivel de la conciencia que necesita esperanza en el futuro y el nivel de las condiciones sociales que tanto pueden y deben mejorar la situación material y espiritual de todas las personas, en particular la de los más pobres, la de los más débiles, quienes les fueron especialmente encomendados al hombre.

 

QUIERO COMPROMETERME CON UN CONCEPTO DE LÍDER

 

LIDER es quien inspira y guía a un grupo humano para conjugar de forma solidaria y subsidiaria el ejercicio de la libertad de los seguidores (voluntades y talentos) con la capacidad de concebir y transmitir un ideal realizable para que el grupo humano alcance (eficacia) su bien común armónico con el de la sociedad en el Estado mediante su capacidad (la del LIDER) de amar, saber y servir.

 

Este tipo de liderazgo hará especialmente amable nuestra propuesta humanista trascendente.

 

Ese es el esfuerzo que estamos haciendo en México a través del Partido Acción Nacional y en el continente a través de la Organización Demócrata Cristiana de América. Ambas instituciones se asumen como instrumentos para servir desde una dimensión ética a la humanidad, en orden al bien común desde el centro político humanista. Asumimos como una nueva tarea la consolidación de una democracia justa y eficaz a partir de la generación de una cultura de pensamiento socialcristiano, desde gobiernos humanistas y de comunidades dispuestas a ampliar con libertad sus convergencias, reiterando nuestro reconocimiento a la pluralidad social y aceptando el compromiso de ser vínculo incluyente para la diversidad cultural de nuestros pueblos.

 

Juan Pablo II nos recordó, enfáticamente, el ¡no tengáis miedo! Hoy más que nunca es esta la actitud con la que debemos enfrentar los retos. Quiero recordar también un pensamiento contenido en la encíclica Sollicitudo Rei Sociallis, de este Papa tan extraordinario que marcó mi generación y que inspiró la vocación política de muchos, desde luego la mía:

 

"No se justifican ni la desesperación, ni el pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene decir, que así como se puede pecar por egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede faltar también-ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en el subdesarrollo- por temor, indecisión y, en el fondo, por cobardía. Lo que está en juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y las mujeres en cada coyuntura de la historia. Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar".

 

La crisis de la posdemocracia es, a mi juicio, evidente; pero es también evidente un renacimiento del humanismo cristiano con el que cada vez más personas, cristianos y personas de buena voluntad, se comprometen.

 

No quiero concluir sin hacer una última reflexión. El cristiano suele incurrir en una pasividad inadmisible, o por la ley del menor esfuerzo, o por un providencialismo inaceptable.

 

El reto del cristiano consiste en hacer todo, con alegría, como si todo dependiera de él, y en confiar en Dios todo, con abandono, porque todo depende de El.

 

Esta actitud compromete al cristiano para trabajar primero que nada en su propia y constante transformación. El cambio del mundo comienza por el cambio del propio corazón.

 

El cristiano cuenta con la gracia, que sobreabunda por los canales del Amor, para salir fortalecido al mundo para cumplir con su misión de ser sal de la tierra y luz del mundo.

 

(1)  Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles Laici, 1988, no 3.

(2)  Pilles Lipovetsky, La era del vacío, España, Anagrama, 1996.

(3)  Rodrigo Guerra, Como un gran movimiento, México, Fundación Rafael Preciado Hernández, 2007, p. 25.

(4)  Carlos Castillo Peraza, El Porvenir Posible, México. Fondo de Cultura Económica-Fundación Rafael Preciado Hernández, 2006, p. 346.

(5)  Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 1987, No. 47.

 

 


El dulce sabor a muerte

 

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Octubre / 2007

 

En esta vida no todos tenemos la oportunidad de tocar fondo. Hay quienes nunca conocen o quieren ver las oportunidades que se abren al hacerlo, o hay quienes jamás han sufrido tanto como para presumir que han llegado al fondo. Yo hace un año lo hice y hoy tengo la oportunidad  de platicárselos, no hay nada comparado en esta vida como el "vivir para contarlo", y ahora me toca presumir esa condición. Fue en noviembre del año pasado cuando, aquejado por una severa tos que no me dejaba en paz, quise hacer uso de los servicios de Seguridad Social que mes con mes pago. Fui al médico y le exigí que no me diera unas cuantas pastillas sin haberme hecho algunos estudios de laboratorio. Aproveché también para comentarle que había advertido un aumento en mi sed y, en consecuencia, mis ganas de ir al baño.

Mientras los días pasaban para que llegara mi turno de hacerme esos estudios, las botellas de agua aumentaban y esa sed se convertía en algo incontrolable. Llegué a beber seis litros de agua en el intervalo de una hora, y las ganas de ir al baño eran incontrolables.

Recuerdo que fui al cine y tuve que salir de la sala en más de cuatro ocasiones, y en el trayecto a casa no pude contener las ganas de orinar y de plano lo hacía en parques, árboles o donde se pudiera. Era ya algo preocupante, pero la sed no se iba.

Pasaron dos semanas en las que no supe los resultados de los estudios, pero de algo estaba seguro: mi aspecto lucía muy mal. Estaba muy débil, me sentía con la cabeza a punto de estallar, y al menor descuido creía que se me caía del cuello.

La gente comenzó a notar esos cambios y no faltó quien me preguntara si estaba bajo dieta estricta o si algo me estaba pasando: "te ves muy enfermo". Mi ropa comenzaba a holgarse y mi sorpresa aumentó al ver la báscula: había perdido en dos semanas once kilos.

El día llegó. Era 24 de noviembre, me preparé para ir al trabajo y antes, de paso, recoger los resultados de mis estudios. El médico de seguridad social abrió mi expediente y me dijo: "es usted diabético, tiene 354 de glucosa, de hecho no sé cómo está usted aquí, de pie. Pero no se preocupe, resígnese, échese la enfermedad a su espalda y siga su vida. Solamente no tome jugo de naranja, ni azúcares, nada de refresco, fruta, es más, si usted come o toma eso, se muere. Tómese estos medicamentos y nos vemos en un mes para ver cómo va su enfermedad". Y remató con una pregunta estúpida: "¿cómo se siente?". "¿Cómo se sentiría usted si le dijeran que ha perdido su salud y que tiene una enfermedad incurable doctor?", le contesté. Tomé mis cosas y salí estallando en llanto.

Al llegar a mi trabajo no me contuve de llorar con todo el que tuvo la preocupación de preguntarme cómo estaba. Afortunadamente, hubo muchas voces de esperanza, pero no las suficientes. Me contacté con mi novia por teléfono y los dos lloramos.

Pero a partir de ese instante, comencé a resignarme a tener la enfermedad. Nadie puede hacer nada contra algo que no conoce, por lo que como desesperado comencé a buscar en Internet todo lo que hubiera sobre la diabetes. Ahí supe qué tipo de enfermedad tenía, cuáles eran los síntomas (que coincidieron con los que había tenido), sus consecuencias, su tratamiento. 

Pero las noticias no eran muy esperanzadoras, las cifras de muertes a causa de ella, los factores genéticos a ser propensos a adquirirla por ser latinos, y mis antecedentes de sedentarismo me daban a cada instante una cachetada que poco a poco se convirtieron en puñetazos que hicieron que cayera.

Llegó la noche y tocó el turno de informárselo a mis padres. Ya con un poco más de conocimiento al respecto, intenté hacérselo lo más suave que pude, pero juntos nos desmoronamos. ¡Toda la gente que conocíamos con dicha enfermedad ya había muerto!

No me imagino qué hubiera pasado conmigo si no me hubiera apoyado la gente que amo. De inmediato cambiamos los hábitos alimenticios de todos, a comer más verduras, menos grasas, carnes, carbohidratos, azúcar cero, refrescos nada. De golpe cambié, pero sabía que ya era demasiado tarde.

Me hubiera gustado que alguien me lo advirtiera, que algún ser iluminado me amenazara con la llegada de esta maldita enfermedad, pero nunca pasó y yo jamás me preocupé por saberlo.

Comencé a contactarme con gente que padece diabetes, encontré desde recién nacidos, niños, jóvenes, adultos, adultos mayores, de todas las edades. Pero fue al leer el testimonio de uno de ellos, de tan sólo 13 años de edad, que mi vista se abrió como nunca antes.

"La enfermedad no sólo me dio a mí, sino a toda mi familia y a la gente que me ama. Quizá no tengan niveles elevados de glucosa, pero la padecen y sufren conmigo, y eso es lo que más me ha dolido. Aunque ellos estén sanos, cuando se enteraron, envejecieron lo que no habían hecho en diez años. Pero algo me hizo ver que la diabetes es de las pocas enfermedades que te dan a escoger entre dos opciones: padecerla o sobrellevarla".

Y fue entonces que decidí no sólo sobrellevarla, sino contrarrestarla. Le dije a Dios que si no me daba la oportunidad de alargar mi vida, por lo menos me dejara hacerla más ancha. Y fue entonces que le declaré la guerra.

Comía frente a la gente con orgullo de que me dijeran que jamás habían visto a alguien seguir tan estrictamente su dieta. Estaba orgulloso de mis verduras, mi pescado, mis galletas sin azúcar, mi vaso de agua simple, mientras ellos le encajaban el diente a un taco, una gordita, una quesadilla, un pastel.

Obviamente consulté una segunda opción y fui con un especialista que una amiga me recomendó. El médico me explicó y despejó muchas dudas de mi enfermedad. Me dijo que el tomar jugos o frutas no me mataría, pero sí me advirtió que en mi condición los excesos eran peligrosos. "Puedes comer de todo, pero no abuses", me dijo.

La segunda opinión médica me aclaró muchas dudas. ¿Pero cuanta gente en nuestro país no tiene acceso a una segunda opción? Me imagino que muchos se quedan hundidos y con la desesperanza de la versión del médico del ISSSTE, IMSS o de las farmacias de medicamentos similares.

El tiempo ha pasado y gracias a Dios los chequeos médicos me han dicho que lo que tengo no es diabetes, sino intolerancia a la glucosa. Es decir, el azúcar hace daño a mi organismo que se altera con su presencia, y los niveles altos de glucosa en mi sangre de hace un año se debieron a una mezcla de estrés, enfermedades y mala alimentación. Ya son varios los estudios que me hago y me han dicho que soy una persona relativamente sana. Pero antes de confirmar este diagnóstico, juré seguirme cuidando como un diabético y así lo haré. Ya "padecí" la enfermedad, y ahora me toca evitarla y no morir por sus consecuencias.

El objetivo de estas líneas no es hacer que se compadezcan de mis sufrimientos, sino hacer conciencia en cada uno de quien las lea. En sus manos está el prevenir o tratar esta y todas las enfermedades. Debemos cuidarnos, querernos y valorarnos. La autodestrucción sólo lleva a eso, a eliminarnos. No nos convirtamos en nuestros propios enemigos.

Quizá podemos empezar por cambiar el refresco por el agua sin azúcar, o si es mejor por la natural. Esa hamburguesa podemos comerla sin tanta grasa, o la mitad hoy y la otra mañana. La sopa de pasta podemos cambiarla por una ensalada verde. Quizá esa ración de carne de puerco pueda turnarse por un rico filete de pescado. A lo mejor la milanesa podemos comerla sin capearla. Ese chocolate tal vez lo dejaremos para mañana, y mañana, para pasado mañana.

Querámonos. Yo me amo, ya no tanto por mí, sino por los hijos que no he tenido. No quiero heredarles una enfermedad que ahora tengo la opción de evitar. Y si ya la tiene, ánimo, nada está perdido, la batalla es larga pero no imposible. Hagan su vida más ancha y disfruten cada instante. Recuerden que tenemos dos opciones. Yo escogí la mejor, no sé usted.

 

 

 



domingo, 15 de agosto de 2010

El combate ecológico

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Octubre / 2007

 

¿La ferocidad de los incendios de California podrá tener alguna relación con el calentamiento de la tierra?

Es una posibilidad...

Si se esta de acuerdo o no con la teoría del calentamiento de la tierra por culpa humana, cuyo campeón es Al Gore, no se podrá negar que algo esta cambiando en las condiciones climáticas del mundo y podrá suponer que este cambio pudiera ser responsable de la intensidad de los vientos que avivaron los incendios forestales que California ha sufrido este año.

La preocupación que tengo es que la discusión del calentamiento de la tierra ha dejado de ser científica para volverse política y ha alcanzado niveles de apasionamiento que da pena.

Si hay calentamiento o no por culpa de acciones humanas, no debería ser problema demócrata o republicano, sino científico… y no sujeto a la política.

La intolerancia frente a la teoría del calentamiento de la tierra tiene cierto parecido a la intolerancia con que se persiguió a Galileo en la edad media.

Y es que la humanidad, entre más cambia, mas sigue siendo igual…

Resulta que Galileo fue juzgado y sentenciado a prisión en 1633, que posteriormente le fue rebajado a arresto domiciliario por el resto de su vida, todo por defender su teoría de que el sol era el centro de universo y que era la tierra la que giraba a su alrededor y no el sol alrededor de la tierra.

Intervino la inquisición y su sentencia contiene una frase que casi podríamos aplicar al presente: "La afirmación de Galileo de que el sol esta en el centro del universo e inamovible de su lugar es absurda, filosóficamente falsa y formalmente hereje, debido a que es expresamente contraria a las Sagradas Escrituras".

Los poderosos de entonces decidieron que la ciencia era contraria a su filosofía y por lo tanto era falsa. Los políticos con poder actuales toman la misma actitud frente al posible problema del calentamiento de la tierra: "No creo en eso, es contrario a mi filosofía, luego es falso, y por lo tanto, quienes sostienen el calentamiento resultan agitadores sociales.

¡Como si la política tuviera algo que ver con el calentamiento de la tierra!

Estamos como en aquel entonces, claro con un enfoque y medios de comunicación del siglo XXI.

En el momento actual, por ahora y con urgencia es conveniente dejar a los científicos seguir estudiando el problema para que opinen, entre mil cosas más, si la intensidad de los vientos de este año pudiera estar siendo causada por nosotros, por nuestro vicio del consumo de gasolina y otros gases y humos industriales, que lanzamos a la atmósfera.

• Tengo entendido que los incendios en épocas de los vientos de Santa Ana, los Terrales, como también les llaman, se venían sufriendo casi cada año, pero cerros y cañadas no estaban habitadas y el daño no afectaba directamente a los humanos. Esos incendios se producían en lugares con las mismas características de monte bajo, hierba abundante y sequía general.

Este año los vientos de Santa Ana extremadamente fuertes, fueron empujando el fuego por delante desde las montañas hasta casi llegar al mar, arrasando con todo lo que encontraron a su paso, pese al heroico esfuerzo de nuestros bomberos por contenerlo.

Vimos en televisión como el viento arrancaba ramas y hierbas incendiadas y las lanzaba por el aire hacia otros lugares donde, por la sequedad reinante, de inmediato se iniciaban otros incendios.

Y luego la rabia que da la posibilidad que los incendios hayan sido iniciados por manos criminales que tienen que ser enfermos mentales.

Ahora, según información que he leído por ahí, son alrededor de 2,000 los hogares destruidos.

Hay quienes han dicho que no deberíamos preocuparnos tanto, porque las casas quemadas y destruidas estaban aseguradas. Los que así piensan están mal de la cabeza, porque si bien el seguro atenúa la perdida económica, no elimina el sufrimiento, el shock, ni permite recuperar las cosas personales perdidas llenas de recuerdos emotivos, substituidos ahora por el recuerdo terrible de fuego y destrucción.

El quedarse sin nada es terrible; es casi como si no se hubiese vivido y es tanto más dramático cuanto más edad tienen los afectados porque cada año de vida hace más difícil el volver a empezar.

Además el que en las cañadas por donde pasan, escondiéndose, los indocumentados se hayan encontrado cuerpos calcinados, es dramático… El morir quemado sin saber hacia donde huir debe ser terrible.

¡Que horror!

Viendo el panorama general, urge estudiar como evitar que estos incendios lleguen a la intensidad que tuvieron este año, evitar que lleguen a las zonas habitadas y honrar a los bomberos en su guerra al fuego en la que exponen su vida, defendiendo todo eso que, no siendo suyo, es su aceptada responsabilidad.

 



No soy creyente

 
Por: Querien Vangal

Octubre / 2007



— ¿Es usted creyente?


A uno ya nadie le pregunta estas cosas. Claro que, siendo sacerdote y vistiendo como tal, la fe se te nota enseguida. Los curas, como los taxistas, necesitamos atrapar clientes al vuelo, y es útil que nos reconozcan desde lejos. No sé cómo no lo comprenden algunos colegas, ilustres y piadosos por otra parte. Si no fuese demasiado pintoresco, yo me colocaría en la cresta una lucecita verde.

 

El caso es que, como iba diciendo, ya nadie me interroga sobre mis convicciones religiosas. Es una pena, porque, si un día me preguntaran por la calle ¿es usted creyente?, con toda sinceridad y con ánimo de escandalizar sólo un poquito, respondería:


— Por supuesto que no.


Sería una forma, como otra cualquiera, de decir que uno es católico, ya que, en esta sociedad moderadamente pagana y laicista, los cristianos nos distinguimos de los que no lo son, no tanto por lo que creemos, como por aquellas cosas en las que no nos da la gana creer.

 

El paganismo sí que ha sido y es creyente; incluso crédulo, supersticioso, idólatra, devotamente asustadizo ante las fuerzas ocultas que imagina sepultadas en lo hondo de las alcantarillas. El paganismo prescinde del Dios que da racionalidad y sentido a cada una de las criaturas, olvidando que al principio no existía el caos, sino el Verbo, la inteligencia divina que todo lo abarca y penetra. Sin ella el universo se torna opaco, irracional, esclavo de extravagantes poderes que nadie controla. De ahí que el pagano recurra a dioses de bisutería, a conjuros, amuletos, horóscopos y demás ansiolíticos en oferta para aplacar sus inevitables ataques de pánico. Lo decía Joseph Ratzinger años antes de ser elegido Papa: el mundo sin su Creador se convierte en un lugar muy peligroso.

 

— Pero el laicismo es otra cosa… ¿O no?


— No, mí querido Kloster. El laicismo, al menos en teoría, expulsa de la sociedad a todos los dioses. Los tolera como se toleran las enfermedades infecciosas, pero toma medidas: procura ponerlos en cuarentena para evitar contagios. El laicismo da por supuesto que la fe se sitúa en el ámbito de lo irracional, de lo que nunca debe inficionar el mundo del pensamiento, de la cultura o de la ciencia.

 

Lo que ocurre es que, a la postre, también el laicismo necesita sus propias creencias. Y este laicismo, versión siglo XXI, ha creado un elenco interminable de dogmas políticamente correctos que se presentan a sí mismos como artículos de fe civil, se proclaman por todos los medios y cristalizan en frases-tópico que todo buen demócrata debe repetir de vez en cuando y aceptarlas religiosamente si no quiere ser anatemizado por los inquisidores y enviado a las tinieblas de la reacción y el fundamentalismo.


Por eso digo que no soy "creyente" ni estoy dispuesto a serlo. No puedo creer en las majaderías del paganismo, y me revientan aún más las pedanterías dogmáticas del relativismo militante. Quizá en un próximo artículo me anime a explicar con más detalle por qué la tengo tomada con la palabra "creyente". Baste decir este mes que sólo pretendo ser una persona juiciosa: creer con toda el alma en Dios y en muy pocas cosas más, porque eso es lo sensato; ser consciente de que la fe es un don recibido, desde luego, pero un don razonable al decir de San Pablo, que enriquece la inteligencia y ayuda a pensar por libre.

 

En todo caso no un sentimiento, ni una neurosis. Al laicismo le encanta hablar del respeto a los "sentimientos religiosos". Ya se ve que el laicismo es sensiblón y compasivo. Pero a las 6 de la mañana uno anda escaso de ese tipo de sentimientos y no por eso deja de ser cristiano.

 

Ahora llegaría el momento de decir en qué cosas no creo…; pero me falta el valor. Temo que mis lectores se rasguen las vestiduras, y no está el tiempo para andar muy ventilados.