martes, 25 de mayo de 2010

¿Hasta cuándo?

 

 Enrique Galván-Duque Tamborrel

julio / 2007 

 

La apertura migratoria estadounidense tal vez sea deseable, pero no será posible en tanto no aceptemos que se trata de un tema estadounidense (no uno bilateral) y, por lo tanto, alcanzable sólo si ocurre en sus términos, no en los nuestros.

Este es el momento de empezar a construir el andamiaje de una solución viable no en nuestras mentes, sino en las que cuentan: las de los propios estadounidenses. La migración hacia Estados Unidos une a los mexicanos de maneras extrañas e incluso contradictorias. Unos quieren irse, pero temen al cruce, otros dependen de las remesas enviadas por sus familiares, otros más lo ven como una solución a la falta de éxito económico dentro del país. Algunos ya instalados allá temen la competencia de futuras olas migratorias.

El tema es emotivo y fácil bandera para políticos y activistas porque el peso de la solución mágica que se ha pretendido aterrizar (una legalización amplia y generosa) recae sobre alguien más. Pero las emociones y las soluciones voluntaristas no conducen a la solución del problema. Visto en retrospectiva, la estrategia migratoria del gobierno pasado se apuntaló en una lectura de la realidad que, seis años después, prueba ser del todo inadecuada. Con esto no pretendo descalificar la iniciativa ni pretender que era obvio su fracaso. Por eso es tan importante aprender la lección, entender el terreno en el que tendría que cuajar un proyecto de esta naturaleza y construir la estrategia idónea para lograrlo.

El tema migratorio es explosivo en todas las democracias occidentales. Estadounidenses y europeos llevan años experimentando una preocupación creciente en torno a los migrantes ilegales y el cambio de composición étnica (y, en el caso europeo, también religiosa) de su localidad. Hoy sabemos que los estadounidenses experimentan una creciente incertidumbre respecto a sus empleos, ingresos y estabilidad financiera futura, situación difícil de prever hace seis años. En aquel momento, nuestro vecino norteño salía de un largo y espectacular periodo de crecimiento económico, con una generación inusitada de riqueza y empleos; los norteamericanos experimentaban un tiempo de optimismo y gran tranquilidad personal.

El cuento de hadas comenzó a evaporarse al comenzar la década. Quizá el disparador fue el colapso del mercado financiero del Nasdaq, donde se cotizaba la mayoría de las acciones de empresas dedicadas a productos y servicios vinculados con Internet. De ahí siguieron los ataques terroristas de 2001 y, sobre todo, la inquietud y desazón que comenzaron a experimentar las familias americanas como resultado de la creciente competitividad de China e India en sus propios mercados.

A pesar del favorable desempeño de su economía, a decir de los indicadores tradicionales, el americano promedio comenzó a sentir un desasosiego que cambiaría su percepción de muchas cosas, incluida la migración. Ya para ese momento, los estadounidenses veían con paulatina preocupación la forma en que cambiaba el mercado de trabajo. La competencia del exterior no era nada nuevo para sectores tradicionales como el acero y los automóviles, pero ahora comenzaba a desafiar sectores y actividades económicas que siempre habían parecido absolutamente seguras como los servicios profesionales en áreas tan diversas como la contabilidad y radiología. ¿Qué empleo podría ser más seguro que el de un radiólogo que toma la imagen, la interpreta, todo ello frente al paciente? Pues resulta que un técnico puede tomar la radiografía, enviarla por Internet a Bangalore y recibir una interpretación profesional en cuestión de unas horas por un costo irrisorio.

Cientos de actividades industriales y de servicios comenzaron a experimentar una competencia insospechada en otro momento. Millones de estadounidenses empezaron a temer por su futuro económico: muchos perdieron sus empleos y sufrieron descalabros financieros, fueron incapaces de pagar sus hipotecas y les inquietaban los potenciales costos de su seguro médico.

Jacob S Hacker ha intentado medir el impacto de estos factores en el comportamiento político de los norteamericanos en su libro The great risk shift; su argumento se apuntala en una gráfica que muestra la volatilidad del ingreso de una familia estadounidense promedio: para una población acostumbrada por décadas a crecimientos sostenidos en su ingreso, Hacker demuestra que fluctuaciones de hasta 50% en su ingreso familiar no han sino inusuales. (Nadie negará que una situación similar, aunque con características específicas distintas, pueda servir de explicación, al menos parcial, para entender la atracción que por meses ejerció AMLO sobre el mexicano promedio).

En este contexto se presentó la propuesta mexicana de legalización. Vista en retrospectiva, no hubiera podido caer en un peor momento dado el entorno. No es que el gobierno de Fox haya creado un momento hostil, sino que la incertidumbre se encontraba a flor de piel y la enorme masa de ilegales que se acumulaba producía la hostilidad reflejada en el congreso de ese país. El volcán de incertidumbre estaba en plena efervescencia. La pregunta es qué se puede hacer ante estas circunstancias. Lo primero es, sin duda, definir un objetivo realista, no necesariamente el óptimo desde nuestra perspectiva, sino uno que sea factible en términos de la realidad estadounidense.

Hasta ahora, el objetivo explícito ha sido el de la legalización de los que ya están en EUA y la apertura total de la frontera a los flujos migratorios. Resulta claro que el primer objetivo es difícil, pero concebible, en tanto que el segundo es claramente inasequible. Quizá lo máximo que podamos esperar es un esquema que permita y exija ordenar los flujos migratorios futuros, algo de suyo excepcional.

Pero además de definir los objetivos, es imperativo diseñar una estrategia que reconozca los tiempos políticos de aquel país y los convierta en una oportunidad. A la luz de sus recientes elecciones, parece claro que los próximos dos años serán difíciles en términos de la relación ejecutivo-legislativo. Pero esos dos años podrían ser excepcionalmente valiosos para trabajar a nivel estatal y local en aras de crear condiciones que reduzcan las voces discordantes a una legalización de los residentes ilegales en ese país, sumar apoyos, neutralizar la oposición y separar la incertidumbre que experimenta el estadounidense promedio de los temas propiamente migratorios. Sólo así será posible lograr una modificación legislativa a nivel federal. Hay que avanzar sin cortar esquinas.

 

sábado, 22 de mayo de 2010

Fugas fugases

 

Querien Vangal
julio / 2007

 

 

Hay momentos especiales, de belleza, de dicha, de riqueza profunda en nuestro corazón inquieto.

 

Quisiéramos, entonces, que el tiempo detuviese su paso despiadado, que el momento durase más tiempo, que no cesase este instante de alegría intensa.

 

Pero la vida es una marcha sin descanso: todo empieza y todo acaba tan deprisa...

 

El amanecer entre cantos de mil pájaros se ha transformado en un día espléndido, soleado y caluroso, mientras el viento acaricia las copas de unos plátanos.

 

Las horas pasan, las sombras se alargan. Llega el crepúsculo. El sol se zambulle entre el brillo inquieto de las olas.

 

Todo empieza y todo termina: demasiado rápido como para detenernos en un momento de dicha. Los gozos dejan paso a la fatiga. El tiempo de descanso nos arrastra de modo irresistible a ese trabajo que nos gusta o nos corroe poco a poco.

 

El instante es así, fugitivo. Deja en nosotros sabores de nostalgia, deseos ilusos de detener el camino del sol para quedarnos fuera del tiempo, en un gozo profundo e intenso.

 

Pero somos mortales, efímeros. Somos humanos de carne y hueso. La gravedad nos saca de los sueños. El cuerpo nos pide alimento y descanso. La cuenta del banco nos avisa que tenemos que volver a la fábrica, al campo o a la oficina para el trabajo.

 

Es misteriosa esa sensación de impotencia, casi de fracaso, ante lo fugaz de una vida hecha de instantes. Todo invita a seguir hacia adelante, con la duda del porqué, con el miedo del silencio, con la angustia de no saber si mañana, nuevamente, habrá ocasiones para el amor y la alegría.

 

El mar agita olas de nostalgia, y el sol dibuja mil caricias entre olas inquietas, mientras la luna juega con nubes que hacen de pañales. Una madre y su hija miran a lo lejos, junto a la playa, en la hora vespertina que levanta nuestros ojos hacia el cielo.

 

Dios, en silencio, espera la hora de un encuentro. Entonces los momentos de amor se harán eternos. Allí los hijos descubriremos que valió la pena vivir en el tiempo, usar de cada instante para trabajar por el bien de nuestro hermano...

 



Felicidad con amor

 

Querien Vangal
julio / 2007

 

 

 

Para muchos, el objetivo principal de la vida humana sería conquistar la propia felicidad. Para llegar a esa meta, uno trabaja o descansa, estudia o juega, se casa o vive soltero, viaja o se queda en casa.

 

Pero algo nos dice que nuestro corazón no late sólo para alcanzar un objetivo tan hermoso y tan difícil. Porque, en el fondo, el deseo más profundo, el más intenso, el más rico y el más grande que existe en cada ser humano consiste no en buscar la felicidad, sino en amar y ser amados.

 

Precisamente por ello, quienes aman, quienes se dejan amar, experimentan, sin buscarla, una felicidad intensa, verdadera, estable, noble. Precisamente porque dejan de pensar en sí mismos, porque viven centrados en el bien y la felicidad del otro.

 

Quien vive en el mundo del amor, no se preocupa de si es más o menos feliz, de si está contento o triste. El centro de su vida es el otro. En función de la persona amada hace o no hace, sube o baja, trabaja o descansa.

 

El enamorado, por lo tanto, no piensa ya en la propia felicidad, porque lo que se busca es conservar y acrecentar el amor.

 

Sólo cuando el amor llega a su plenitud y es correspondido, surge entonces una felicidad tan maravillosa que nada ni nadie la pueden herir. Porque la felicidad y el amor van de la mano. La máxima felicidad consiste en amar completamente al ser amado.

 

En una inscripción griega el poeta había escrito: "Lo más hermoso es lo más justo; lo mejor, la salud; pero lo más agradable es lograr lo que uno ama". Decía algo muy hermoso, porque vivir enamorado y correspondido es algo que no espera ninguna recompensa: vale por sí mismo.

 

Por eso Dios es Amor, por eso ama sin buscar "premios" compensatorios. Por eso nos hacemos semejantes a Dios en la medida en que amamos, y si amamos sin medida. De este modo, vivimos según el mensaje de Cristo, que nos dijo que hay más felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35), en amar hasta dar la vida por el amado (Jn 15,13).



¿Espectadores o protagonistas?

 

Querien Vangal
julio / 2007

 

 

Es fácil decir que el mundo está mal. Guerras, hambres, injusticias, aborto, eutanasia, divorcio, abusos y violencias, engaños, fraudes, egoísmo, drogas, borracheras, infecciones, desastres...

 

El elenco se hace largo, a veces casi repetitivo. Podríamos, además, señalar con el dedo a algunos de los culpables de tantas desgracias. Otras veces, de modo injusto y arbitrario, caemos en juicios temerarios o en calumnias sobre inocentes a los que culpamos de ser causa de algunos de esos males: añadimos a los males del mundo el mal de nuestras falsas acusaciones.

 

En cambio, es muy difícil mirar, con los ojos atentos y la mente abierta, esos mismos males que afligen al mundo para atisbar caminos de solución y de mejora.

 

El mundo va mal, ciertamente, por culpa de miles de personas que se manchan las manos con sus acciones malévolas. Pero también son, somos, culpables todos aquellos que nos limitamos a lamentaciones y seguimos luego en el camino de la vida como si no pudiéramos hacer nada para cambiar un poco este mundo de miserias.

 

Cada corazón humano encierra unas potencialidades enormes para el bien. Los creyentes y los no creyentes, los ricos y los pobres, los que tienen títulos y los que no han terminado la primaria, los jóvenes y los adultos... Todos estamos llamados a poner un granito de arena, a veces un granote, para que algo cambie, para que un rayo de bien aparezca en barracas oscuras o en hospitales de agonizantes.

 

Especialmente los cristianos estamos llamados a hacer mucho, muchísimo, a través de una "herramienta" inmensamente rica: la oración. Aunque no nos demos cuenta, con las oraciones de miles y miles de corazones, desde quienes viven como contemplativos hasta las personas de todas las profesiones y estados sociales, se han evitado guerras, se han construido hospitales, se han curado enfermos, se han restaurado matrimonios, se han convertido pecadores, se han salvado millones y millones de seres humanos, que pueden cantar, tras su muerte, las misericordias del Señor.

 

Además de la oración, tenemos instrumentos de acción política que permiten influir y modificar las decisiones de las autoridades públicas, de los dirigentes empresariales o de otros responsables de la vida social. Hay situaciones en las que es legítimo el recurso a la huelga (siempre de modo razonable, pacífico, sin producir daños en personas inocentes, y sólo cuando no existan alternativas mejores), o a la objeción de conciencia, o a la creación de asociaciones orientadas a defender el derecho a la vida, a la vivienda, al trabajo, a la atención sanitaria, etc.

 

Un modo eficaz y al alcance de todos para asumir el propio protagonismo en la historia consiste en ofrecer amor y esperanza a quienes se cruzan con nosotros en los mil caminos de la vida. El encuentro personal con un corazón bueno, la escucha acompañada de palabras llenas de respeto y de acogida, son capaces de cambiar la vida de una persona amargada, de un delincuente despiadado, de un empresario egoísta, de un esposo o de una esposa irresponsable.

 

Cada encuentro con otro ser humano abre posibilidades de contagio de bondad, incluso de fe. Las convicciones que tenemos como cristianos, la certeza de saber que Dios nos ama y que Cristo dio su vida por cada uno de los hombres, nos impulsa a transmitir el tesoro que tenemos. De este modo, la llama de amor y de esperanza que recibimos en el bautismo podrá llegar a otras vidas: el mundo tendrá entonces más corazones llenos de Evangelio, dispuestos a amar y dar su vida por sus hermanos.

 

No podemos ser simples espectadores de un mundo lleno de miserias. El protagonismo debe ser la consecuencia lógica de una convicción que llene nuestras almas: Cristo ha resucitado y sigue vivo entre nosotros. Entonces venceremos cualquier miedo, daremos a nuestra existencia un dinamismo imparable que cambiará poco a poco el color grisáceo de un planeta que puede respirar aires nuevos de caridad divina.



El peso de la libertad

 

Querien Vangal
julio / 2007

 

La libertad no es un don gratuito y objeto de
lujo y de juego: se obtiene con una gran madurez
 de juicio, y se consolida con una gran severidad
de costumbres.

 

Es inútil hablar de civilización en donde no hay libertad.  La civilización siempre dependerá de la libertad.  La mordaza que los gobiernos suelen poner a la libre expresión del pensamiento, constituye el atentado máximo al adelanto espiritual de los pueblos.  Cualquier mordaza a las libertades debe evitarse sin pérdida de tiempo pues sin libertad la vida no es vida.

 

Entre las fórmulas de expresión maravillosas que acuñó Cervantes, varias de ellas en verso, lo que aconsejaría revisar su estimación como poeta, cuento los que se comentaron en el libro «Cervantes clave española» y que son espléndidos en concisión: Y he de llevar mi libertad en peso / sobre los propios hombros de mi gusto.

 

Por lo visto, sentía que era menester llevar la libertad "en peso", lo que implica que pesa y puede causar alguna pesadumbre. La apelación al "gusto" no es menos interesante: sugiere cierta espontaneidad y a la vez una fruición. La libertad es algo que brota de uno mismo, complace, produce placer, y a la vez cuesta trabajo, exige esfuerzo, lleva consigo responsabilidad.

 

Si todo esto se tiene en cuenta y se practica, la libertad se consigue y perdura, puede salvarse de sus muchos riesgos; si se falta a lo que Cervantes proclamaba, puede enfermar, contaminarse, acaso perecer.

 

Si se me preguntara qué me parece más inquietante de la actual situación de México, diría que la frecuente infidelidad a lo que Cervantes prometía por su cuenta, al formular una exigencia perdurable del ejercicio de la libertad. Existen las condiciones para ello, el horizonte está abierto y no hace falta ningún heroísmo especial para tomar posesión de él. Otras veces no ha sido así, y la diferencia más profunda entre las personas reside en su disposición a no aceptar ese peso de la libertad, que puede ser considerable, aunque pocas veces abrumador.

 

Uno de los peligros mayores es la disminución o la extinción del gusto por la libertad; hay quienes sienten temor ante ella, y le tienen temor porque su exceso es malo en la mayor parte de las cosas.; otros, indiferencia, incluso falta de claridad: se dejan literalmente "empujar" por los que ejercen sobre ellos presión; no usan la libertad que tienen, y ni siquiera se dan cuenta de ello. Es lo que muestran las encuestas y sondeos que se multiplican, cuyos resultados son previsibles y que responde en su mayoría a una dejación de la libertad personal. 

 

Pero hay otro fenómeno que a la larga resulta todavía más peligroso, y es la actitud de aquellas personas que tienen plena conciencia de lo que es libertad, que saben en qué consiste y la "ejercerían" si no reclamase ningún esfuerzo, si no tuviese peso. Saben lo que está bien y lo que está mal, lo que es decente y lo que no lo es, lo que tiene valor o carece de él --o tiene un valor negativo, como la falsedad--. Saben también lo que conviene o es dañoso, tal vez pernicioso.  La libertad debe ser amplia; pero sujeta a un orden, y precisamente en esto radica la dificultad que muchos encuentran para ejercerla.  Además, para ejercerla ampliamente se debe depender de los demás lo menos posible

 

Es posible que sientan un conato de ejercer su libertad, de seguir su "gusto" por ella; pero, llegado el momento de ponerla en práctica, renuncian a ella, desisten, aceptan la incoherencia. Regatean el esfuerzo requerido para sostener el peso de la libertad, aunque no sea excesivo. La mayoría de las veces no es gran cosa, no expone a fieros males, si se la mantiene alegremente en vilo no pasa nada.  Ahora bien, se debe entender que la libertad consiste en hacer todo lo que nos plazca, pero sin perjudicar a nadie.  Además, la única forma de salvar la libertad es aceptando que se administre.  Vivir ampliamente… ¡y dejar vivir a los demás!

 

En la vida del ser humano existe una época muy corta, en la que se es libre relativamente; pero como le gusta vivir encadenado; poco a poco, día a día; hora por hora, va forjando las cadenas y grillos que lo han de aprisionar hasta el fin.  Se puede vivir en una cárcel y ser libre, y se puede se libre y vivir como esclavo.

 

 Tal vez se puede perder algún dinero, un puesto que se considera apetecible, una distinción, elogios, publicidad, el ingreso en un grupo que puede ser siniestro y peligroso, dentro del cual será difícil sentirse seguro. Poca cosa.

 

Esta tentación, tan difundida entre los que tienen responsabilidad y no podrían alegar ignorancia, engendra confusión. No se sabe dónde se está porque cuando se cree saberlo resulta que no es así, que aquel espacio ha sido ocupado por otros con los que no se contaba. "No se puede circular", decía Vasconcelos después de volver a México, tras nueve años de exilio, y durante muchos; efectivamente era así, y no circulaba apenas, se movía en limitadísimos círculos privados o bien ante el "público", los lectores o los oyentes que ejercían personalmente su libertad.

 

Esa coincidencia consigo mismo es lo que a veces falta. Lo que se piensa y se siente, lo que se inicia, lo que es la propia realidad, no se mantiene, es desmentido por los actos siguientes, es decir, el hombre se miente a sí mismo.

 

Cuando esto ocurre con demasiada frecuencia, resulta difícil respirar. Ha habido épocas y países en que esta situación ha sido tal, que la consecuencia era inevitablemente la asfixia. Normalmente no es así; para ejercer la libertad basta con quererlo, con no abandonarla, con no serle infiel.

 

Importa, más de lo que parece, salvar la coherencia propia, distinguir entre "las voces y los ecos", solidarizarse con lo que se estima y distanciarse --si es posible, cortésmente-- de lo que parece desdeñable o indeseable. Una de las mayores responsabilidades de los que tienen una figura pública y gozan de algún prestigio es no confundir a los demás, a la gran mayoría. No basta con mantener una apariencia decorosa; es menester no defraudar; y todavía más, no inducir a error, pecado gravísimo. Presentar como valioso lo que no lo es, denostar lo que está lleno de méritos o, por omisión, cubrirlo de silencio, es contribuir a la desorientación de los demás, de los que quizá no disponen de recursos para juzgar por sí mismos.

 

Cada persona "destiñe" --para bien o para mal-- sobre aquellas de que se rodea, con las que se asocia a los ojos de los demás. Esa influencia puede ser saludable y benéfica, si corresponde a las exigencias de la realidad. Si las desconoce y las pasa por alto, la consecuencia inevitable es la contaminación, el descenso de la calidad.

 

Es difícil ser inteligente en una sociedad que no lo es; si se mira la historia de los países habitualmente ilustres, se puede comprobar con todo rigor. No es fácil ser decente en un ambiente corrompido. En ambos casos se puede ser lo mejor, pero a costa de un gran esfuerzo que no todos están dispuestos a cumplir. Y hace falta además una dosis de clarividencia, una capacidad de distinguir, que no es universal.

 

Me preocupa tanto la decadencia que amenaza al mundo actual, y que todavía me atrevo a creer evitable, que miro con ansiedad sus síntomas, y siento alegría profunda cuando veo indicios de recuperación o defensa. Porque lo grave de las decadencias es que afectan a la misma realidad humana, y por eso es extremadamente difícil salir de ellas.

 

Haz llana tu vida cuando puedas.  Rechaza compromisos superfluos, invitaciones, vanos pasatiempos, falsas distracciones.  Así podrás ser más libre y estarás en condiciones de atender, sí, a los compromisos morales y sociales a que todo ser humano está obligado atender, pero siempre con libertad.  No hay que olvidar que vivimos en comunidad y que el derecho de cada uno termina donde empieza el derecho del prójimo. Los que aman la libertad son siempre justos.  Están con los oprimidos, los esclavizados, los desheredados, los virtuosos.  Su principal característica es el poco aprecio que hacen de su vida e intereses, ¡siempre están dispuestos a dar de sí antes de pensar en sí!

 

La libertad significa responsabilidad; por eso le tienen tanto miedo la mayoría de los seres humanos. El único remedio eficaz es la apelación a la libertad de cada uno de nosotros, recordar el verso de Cervantes: tú mismo te has forjado tu ventura. 

 

Y también del eterno Cervantes: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no puede igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mal encubre; por la libertad, así como la honra, se puede y se debe aventurar la vida».

 

 

¡Libertad, libertad!  No eres aquella
virgen, de blanca túnica ceñida,

Que vi en mis sueños,  pudibunda y bella.

(Núñez de Arce)

 



 



El corazón perfecto

 

Querien Vangal
julio / 2007

 

Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca.

 

Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en él ni máculas ni rasguños. De pronto un anciano se acercó y dijo: "Perdona mi atrevimiento, pero, por qué dices eso, si tu corazón no es ni siquiera aproximadamente tan hermoso como el mío, o el de tantas otras personas"

 

Sorprendidos la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y éstos habían sido reemplazados por otros que no encajaban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares en su derredor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos profundos.

 

El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a reír. "Debes estar bromeando," dijo. "Compara tu corazón con el mío... ¡El mío es perfecto! En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor"

 

"Es cierto", dijo el anciano, "tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado.

 

Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. De ahí quedaron los huecos,
dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza, que algún día -tal vez- regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón. ¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?"

 

El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó y le dio un pedazo de su corazón al anciano, de igual manera hizo éste y le dio un pedazo de su corazón al joven. A los no haberes sido idénticos los trozos, se notaban los bordes y las uniones. El joven miró su corazón, que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior... y el amor de él en el corazón del anciano.

 

El joven sólo pudo reaccionar y decirle al anciano... "Sí, en verdad ahora puedo ver lo hermoso que es tu corazón"

 

Y tu corazón... ¿cuántas cicatrices tiene?



El cinismo

 

Querien Vangal
julio / 2007

 

 

Si revisamos la palabra cinismo en el diccionario de la Real Academia Española nos encontramos con dos significados principales:


1. Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones vituperables.

2. Impudencia, obscenidad descarada.

 

Hay todavía una tercera acepción que indica su significado etimológico: "doctrina de los cínicos", procedente de cierta escuela que nació entre los discípulos de Sócrates.

 

La escuela cínica se considera fundada por el sabio Antístenes, discípulo primero de Gorgias y más tarde del mismo Sócrates. Al morir su maestro funda su propia escuela en un gimnasio llamado "cinosarges" (sepulcro del perro) de donde parece provenir el nombre de la escuela cínica. Antístenes vivía según su propia ley y rechazaba las leyes establecidas, las convenciones sociales, las normas y las instituciones. Predicaba una vuelta a la naturaleza y su objetivo era alcanzar la felicidad que sólo la lograría dependiendo de sí mismo. Lo fundamental es, pues, la autarquía o autosuficiencia del individuo.

 

Diógenes de Sinope fue la imagen del verdadero cínico: un sabio descuidado, burlón y sarcástico. Su forma de vida era agresiva, contraria a todo comportamiento social. Vivía en un tonel y buscaba a plena luz del día con un candil, nada menos que al "hombre", demostrando de esta forma el desprecio por sus conciudadanos. El prototipo del transgresor, pues característico de los cínicos era no someterse a ningún valor tradicional ni norma social.

 

El cinismo propone una libertad radical de pensar, de acción y de palabra. Adopta modos de vida que escandalizan a la sociedad. Se proclama cosmopolita y liberado de cualquier obediencia a las instituciones, convenciones o leyes.

 

El adjetivo cínico se utiliza para señalar a una persona que muestra alguna forma de indiferencia por el esquema de valores aceptados socialmente. Se define como desvergüenza en practicar o defender acciones censurables que se identifican con cierto rasgo de impudicia. El cínico confunde lo verdadero con lo eficaz justificando así su acción. Piensa que el fin justifica los medios.

 

Actualmente la palabra "cínico" ha sufrido una evolución, de forma que es difícil asociarla a los lineamientos de la antigua escuela griega, aunque lejanamente pueda conservar algunos elementos que la caracterizaron. Hoy se designa como persona cínica a alguien que miente descaradamente, pues sus palabras desdicen claramente de lo que realmente piensa. También se suele asociar con el comportamiento, es decir, alguien que afirma algo que se opone radicalmente a su conducta personal. Pero igualmente se puede decir de alguien que actúa sin ningún decoro, sin importarle lo que piensen los demás, o si con su comportamiento ofende o molesta a otros. El cínico es alguien que ha perdido sensibilidad moral, afectiva y social, de tal forma que orienta su vida de forma pragmática persiguiendo el fin que pretende y pasando por encima de normas, personas y afectos.

 

¿Cómo superar este odioso vicio? El cinismo es un comportamiento que ofende muchas virtudes: la veracidad, la caridad, la prudencia, la justicia entre otras. Así se convierte en un pecado abominable que repugna a la sociedad y a las personas de bien. Podemos decir que en el fondo el cínico ha deformado la conciencia moral, pues para poder actuar de esta forma se necesita que la voz interior no moleste, habiéndola acallado por medio de la repetición de actos viciosos y el convencimiento de estar haciendo lo correcto.

 

Se impone un despertar de la conciencia hacia la verdad y el bien. El mejor medio para poder recuperar a esta persona es la oración, la dirección espiritual, el sacramento de la penitencia y un plan exigente de trabajo en alguna de las virtudes anteriormente citadas, especialmente en la caridad. Todo esto debe llevar a la persona a una profunda conversión que le haga cambiar en lo más profundo de su alma hacia el amor verdadero.