viernes, 9 de julio de 2010

Un silencio ante la muerte

 

Querien Vangal

Sept. /2007

 


Siempre que alguien muere se hace un vacío, se crea un silencio. Al menos por unos instantes se suspende todo pensamiento, se ahoga toda palabra, se sofoca toda pasión. Antes de los llantos y sollozos, antes de las plegarias o los gritos, antes de las condolencias y los pésames, la muerte impone un silencio.


Cuando Cristo muere, un gran silencio envuelve la tierra... Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra está tenebrosa y sobrecogida, porque Dios ha dormido en la carne... Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo." Así lo expresa una antiquísima homilía sobre el grande y santo sábado.


La muerte del Dios hecho hombre estremeció los cielos y sacudió la tierra. Ese día hubo oscuridad sobre toda la tierra. El velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos de arriba abajo. Tembló la tierra y las rocas se hendieron. Qué bien lo describe aquel verso:


"Nunca tan adentro

tuvo al sol la tierra.

Daba el monte gritos

piedra contra piedra".


Quizá hizo falta todo eso porque muchos corazones humanos no experimentaron aquel día ni la más mínima conmoción ante tamaño acontecimiento. Lo que no sintieron ni de lejos algunas criaturas racionales, lo entendió sobradamente el resto de la creación, no pudiendo contener su reacción.


Tristemente también hoy bastantes personas viven la muerte de Cristo inconscientes de lo que se conmemora. No les pasará por la mente que Cristo expira en la cruz por amor ellos. No les dirá nada el que Dios mismo yazca muerto en una tumba, porque quiso hacerse hombre mortal como nosotros.


Pienso que tal vez ya no hará falta que hoy se repita aquello de las tinieblas y los terremotos sobre el globo terráqueo. Porque no faltarán densas oscuridades y hondos quebrantos en el alma de los que viven al margen de Cristo, por más que reposen bajo un sol espléndido y con aparente serenidad...


Así es, la muerte hace un silencio en la vida del hombre, pero no es aún la última palabra. La última palabra será la resurrección alcanzada por Cristo para todos.


Mañana el sepulcro de Cristo volverá a estar vacío.





Si eres lo que debes ser, encenderás el mundo

 

 

Querien Vangal

Sept. /2007

 

En el origen de nuestra vida encontramos un acto de amor infinito y omnipotente de Dios que, pronunciando nuestro nombre mucho antes de que nuestros padres lo hicieran por vez primera, nos llamó de la nada al ser: "Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado" (Jr 1,5). No fuimos nosotros, por tanto, quienes escogimos vivir ni tampoco lo merecimos, pues ni siquiera tuvimos la oportunidad de hacer algo que provocase su amor. Existimos sencillamente porque Alguien nos quiso y continúa sosteniéndonos en el ser; porque Alguien nos ha amado gratuitamente tal como somos y para siempre.

Por este motivo cada hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva impresas en su alma, por así decir, las "huellas digitales" de Dios. En este amor personal de Dios al hombre reside la grandeza y la dignidad más profunda de cada ser humano.

De este diálogo íntimo de amor entre Dios y el hombre se desprende la realización del hombre que alcanzará la verdadera felicidad, en la medida en que cumpla el fin para el que fue pensado desde toda la eternidad. Amar, pues, es el gran proyecto de nuestra vida, nuestro mayor negocio, la vocación más sublime en la que se resumen todas las demás. Y para nosotros cristianos, el amor como camino, verdad y vida no es una idea vaga o un proyecto filantrópico, sino que tiene un rostro muy concreto, Jesucristo.

La santidad, ser como Cristo, se convierte así en nuestro programa de vida. En Él encontramos el modelo del hombre perfecto, del amor realizado en la entrega y en la donación sincera de sí mismo a los demás.


Dios continúa llamándonos durante toda la vida

Dios continúa llamándonos todos los días; en cada momento va explicitando las exigencias de esa llamada original, que resuena como un eco en nuestro corazón. Cada gracia, cada evento o circunstancia que Él permite en nuestra vida es una ocasión para agradecer, una posibilidad de encuentro personal con Cristo, una nueva llamada a corresponder con generosidad a su amor.

Repasemos delante de Dios las principales gracias que Él nos ha concedido en nuestra vida. ¡Cuántas manifestaciones de su amor! ¡Cuántas llamadas a la conversión y a la correspondencia! El gran regalo de la vida y de la salud, la oportunidad maravillosa de haber crecido en una familia cristiana, etc.

De manera especial, el don del bautismo, que supera con mucho cualquier otro don natural –"tu gracia vale más que la vida" (Sal 62, 4)-, y por el cual podemos llamar a Dios ¡Padre!, puesto que realmente somos sus hijos (cf. IJn 3, 1). Y en consecuencia, también somos llamados a ser hijos de nuestra madre, la Iglesia, entramos a formar parte de la familia de Dios y nos hacemos herederos del cielo, nuestro verdadero y definitivo hogar. ¡Qué maravilloso es el don de la fe!

Como consecuencia de nuestro ser cristiano, gozamos de un verdadero banquete de bendiciones: los sacramentos; el alimento de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura, la liturgia, la comunión de los santos; la ayuda de los sacerdotes; las enseñanzas y el ejemplo del Santo Padre, etc.

¡Cuántas voces de Dios, también, a través de la vida de todos los días, del encuentro fortuito con una persona, de una conversación, de una lectura, de una experiencia! ¡Cuántas lecciones Dios nos manda a través del sufrimiento y de las enfermedades, instrumentos especialmente eficaces de purificación y de desprendimiento interior, que nos ayudan a aferrarnos únicamente a Dios y a lo eterno!

Hay un don muy particular, del que no todos somos conscientes. El don del tiempo, como el espacio precioso de vida que Dios nos concede para poder realizar la misión para la que fuimos creados y de la que tendremos que rendir cuentas. Y, sin embargo, ¡cuánta omisión en el uso de este tesoro!

El tiempo del que disponemos no es nuestro, sino que lo hemos recibido de Dios para ponerlo a producir; y que como buenos administradores del mismo se nos pide ser fieles (cf. ICor 4, 2). Esta meditación, lejos de producirnos amargura o tristeza, debe entusiasmarnos y estimularnos a una creciente donación a la Iglesia y a los demás.


"Don recibido que tiende por naturaleza a ser bien dado" (cf. n 2).

a) Si eres padre de familia, Dios te ha regalado el sacramento del matrimonio, a través del cual participas de una manera especial de la intimidad del amor de Dios y por el que cada uno se convierte en un don para el otro.

La fidelidad a tu vocación de esposo(a) y padre cristiano, te exigirá en ocasiones el martirio callado e incruento de la vivencia genuina del Evangelio. No es fácil luchar todos los días contra el ambiente del mundo, que trata con insidiosa ferocidad, de atraparte con sus tentáculos de hedonismo y de materialismo, y que se filtra, casi imperceptiblemente, por las rendijas del propio hogar, sobre todo en el caso de las parejas jóvenes. No es fácil, tampoco, perseverar fieles a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, que te implicará el heroísmo en tu amor para no vender la integridad de tu conciencia y de tu corazón a los mercaderes de la sociedad posmoderna, que pretenden por todos los medios imponer nuevos modelos de vida matrimonial y familiar, incompatibles con el Evangelio y con el designio de Dios para el hombre; y que tachan de intransigentes a quienes no se suman a su modo de pensar y de actuar. Quizás por esto mismo, la vida familiar se presenta en algunos aspectos más costosa y ardua que en épocas pasadas. Pero cuentas, también como antes, con el auxilio poderoso de la gracia de Cristo y con el testimonio
de muchos matrimonios y familias auténticamente cristianos.

Forma a tus hijos en la fe, enséñales a amar a su madre, la Iglesia. Edúcalos en una conciencia recta y en una equilibrada jerarquía de valores conforme con la civilización del ser y no del tener. Sé generoso para ayudar y apoyar a tus hijos en los momentos en que tienen que tomar sus grandes decisiones. Deja que sigan el camino por el que Dios les llama a realizarse, (cf. n 5), ya sea en el matrimonio, o en la vida consagrada o sacerdotal.

b) Si eres joven y te encuentras en la edad maravillosa en la que tienes que poner los cimientos sólidos que sostendrán el edificio de tu vida; que quieres imprimir un rumbo seguro a tu existencia, y que buscas con anhelo tu felicidad, deja que Cristo entre en tu mundo personal, que se convierta en el punto de referencia de todas tus decisiones, ábrele tu corazón, busca conocerlo y amarlo cada día más. Estás en la etapa decisiva de tu camino, la edad de la escucha y del discernimiento de la llamada: ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Cómo realizarme y ser feliz? Ten la seguridad de que la respuesta nunca podrás hallarla fuera de la voluntad de Dios, al margen de Jesucristo.

No tengas miedo de escuchar la voz de Cristo que te invita a vivir con coherencia su fe, a morir a los criterios del mundo y a tus propias pasiones desordenadas para que Él reine en tu corazón. Lleva el Evangelio a todas partes, no puede haber un lugar que quede fuera del influjo de Cristo. Habla de Él con su testimonio y con sus palabras. Siéntete orgulloso de ser cristiano y de comportarte como tal.

c) Si eres mujer, has recibido una altísima vocación y una delicada misión en el corazón de la sociedad y de la Iglesia, al haber sido llamada por Dios de manera especial a la difícil tarea de reevangelizar la vida (cf. n° 3). Lucha, por vivir en plenitud el ideal de la mujer nueva que Cristo te propone. No te dejes seducir por los slogans fáciles y engañosos de pseudorrealización y de aparente libertad, que el mundo y la cultura tratan de inocularte. Eres, por designio insustituible y maravilloso de Dios, la custodia y el santuario de la vida, la que mejor puede colaborar en la humanización del mundo hasta transformarlo en una grande y única familia. En la Virgen María encontrarás siempre el modelo más auténtico y luminoso de la mujer cristiana.

d) Si ya eres abuelito o abuelita, tienes un papel más importante y decisivo de lo que, a simple vista, podrías imaginar. Tu misión en esta vida aún no ha terminado. Tienes en tus manos el rico patrimonio de tu experiencia de largos años que estás llamado a compartir con tus hijos y nietos, con tus amigos y cuantos te rodean. No renuncies a esta misión tan grande, no omitas ningún esfuerzo por llevarla adelante, con tu consejo acertado en el momento adecuado, siendo promotor entusiasta de la unidad familiar y de la solidaridad. Por medio de tu palabra y de tu testimonio puedes convertirte en el mejor transmisor de la fe cristiana y de los valores imperecederos. Pero esto sólo lo lograrás en la medida en la que pongas tu centro en Dios y en los demás, y no en ti mismo.

De esta manera todos estamos llamados a la santidad, a continuar edificando el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Una vocación que no debe quedarse únicamente en pensamientos o bellos deseos, sino que tiene que traducirse en una sincera y real voluntad de colaboración y de mutuo apoyo con la misión de la Iglesia; pues, en definitiva todos buscamos, el mismo fin: la gloria de Dios y la salvación de las almas.


Oración:

¡Gracias Señor por tu infinito amor! Enséñame a amar como tú nos has amado. Ayúdame a vivir la caridad en pensamientos, palabras y obras; aleja de mi corazón, de mi mente y de mi lengua la crítica, la maledicencia, la división. Enséñame a ser generoso y hazme un instrumento de tu amor para que reines en el corazón de todos los hombres.



Sacar bienes del mal

 

 

Querien Vangal

Sept. /2007
 

 

La grandeza del amor consiste en vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21). Porque el amor no disminuye su fuerza cuando encuentra ante sí el muro tremendo de la fragilidad y la miseria humana.

Dentro del dinamismo del amor surge la belleza de la misericordia. No se detiene ante los pecados, no deja de buscar maneras para levantar al hombre caído, para curarle las heridas, para devolverle la dignidad perdida.

Juan Pablo II lo explicaba en la encíclica "Dives in misericordia" (n. 6). "El significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas del mal existentes en el mundo y en el hombre".

Extraer el bien de todas las formas del mal que existen... ¿Es posible? ¿Cómo lograrlo? Necesitamos, con un corazón contemplativo y sencillo, mirar la acción de Dios en la historia.

Cuando los hombres intentaron construir un mundo desde el egoísmo, la violencia, la mentira, la ambición, el placer... Cuando levantaron murallas de odio, cuando maltrataron a los más débiles, cuando engañaron al esposo o a la esposa, cuando abortaron a millones de hijos antes de nacer... Cuando provocaron guerras absurdas y despiadadas, cuando asesinaron en nombre de ideologías "liberadoras", cuando contaminaron ciudades y campos con un "progreso" hecho de mezquindades... Entonces Dios respondió no sólo con una paciencia infinita, sino con un amor lleno de misericordia: nos ofreció a su Hijo, puso ante nosotros su perdón infinito.

San Pablo exclamaba, en la carta a los Romanos, su sorpresa ante el misterio de tanto amor. "En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,6-8).

Nosotros quisiéramos arreglar el mundo de otra forma, extirpar a los malhechores, condenar a los terroristas, encarcelar a los criminales, aumentar el número de policías y mejorar el sistema legal y jurídico. Es correcto todo esto, incluso en muchos casos es necesario. Pero la misericordia va más allá, porque lleva al "milagro" de obtener bienes desde los males más profundos.

También nosotros podemos asemejarnos a Dios, si miramos con ojos distintos el misterio del mal que nos rodea. Porque en el corazón del más miserable quedan ascuas de algo bueno.

Muy escondido, es cierto, pero ese algo, que viene de Dios, puede un día regenerar al criminal, lograr que el pecador llore por sus faltas, permitir que corazones ruines (mi corazón lo ha sido tantas veces, quizá lo es ahora...) sientan la mirada profunda y amorosa de Cristo que les repite, suavemente: "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31,3).



Respeto al respeto

 

Querien Vangal

Sept. /2007

 

 

"Por favor, respete las señales de tráfico". "Tienes que darte a respetar". "A tu madre la respetas". "Respeta mis decisiones". De ésta y otras muchas maneras, escuchamos y utilizamos con frecuencia la palabra 'respeto' en nuestra vida diaria. Detrás de esas siete letras se esconde un valor que la sociedad necesita y que toda persona recta debe buscar.

 

A la raíz de los grandes problemas de nuestro mundo, encontramos profundas faltas de respeto. En consecuencia, las soluciones que con tanto afán buscamos radican en la vivencia de este valor –tesoro de la humanidad–, en sus diversas facetas.

 

-Si aprendemos a respetar al medio ambiente y a administrar bien los recursos que nos regala la naturaleza, se evitarán catástrofes presentes y futuras; todos disfrutaremos de un lugar más próspero para vivir, como Dios quiere.

 

-Si todos respetamos las leyes de tráfico, ¡cuántos accidentes mortales estaremos previniendo!

 

-Si todos decidimos ser honestos – ¡respetando, por ejemplo, las leyes fiscales!–, redundará seguramente en el bien de muchos.

 

-Si pensamos antes en el respeto a los derechos de los demás que en los nuestros, tal vez habrá menos hambre, menos pobreza y marginación en el mundo.

 

-Si actuamos siempre de acuerdo a la máxima del respeto: "trata a los demás como quieras que te traten", todos viviremos más felices y tranquilos, se acabará la violencia, la delincuencia y tantos otros males.

 

La lista podría extenderse. Pero pueden parecer falsas promesas o sueños irreales. Este ideal de respeto requiere una motivación justa y la educación en los detalles.

 

Se puede respetar por el puro temor a una consecuencia negativa; como quien no hace tonterías porque no quiere ganarse un castigo o el empleado que cumple su trabajo porque no quiere ser despedido.

 

El respeto también puede estar motivado por un auténtico sentido de justicia. Respetamos el trato hecho porque somos "hombres de palabra". Respetamos las propiedades ajenas porque sabemos que no nos pertenecen.

 

Pero el respeto puede y debe ir más allá del temor y de la simple justicia. El amor es el motor que puede impulsar el respeto a mayores profundidades. Sólo el esposo que ama de verdad, respeta su promesa de fidelidad a su mujer. Sólo la madre que ama, educa con respeto y cariño a sus hijos. Sólo los hijos que aman y valoran lo que sus padres hacen por ellos, les estarán respetando de verdad. El novio respeta a su pareja si la ama de verdad. Respeto al amigo en el momento difícil; respeto a los demás con nuestras palabras, evitando la crítica; respeto a nosotros mismos, a nuestro cuerpo y a nuestra dignidad... todo esto es posible únicamente si nos motiva el amor. El respeto será auténtico y profundo en la medida en que está motivado por el amor.

 

Por amor a la verdad, es preciso respetar lo que es el auténtico respeto. Hoy se habla mucho de tolerancia y algunos entienden el respeto como dejar que cada quien haga y piense como quiera. Pero el respeto implica, ante todo, el respeto a la verdad. El vecino puede pensar que la vida del no nacido no vale nada. Habrá que respetar al vecino, como persona; pero también habrá que respetar la verdad y defenderla. Nunca faltaremos al respeto por decir y actuar conforme a la verdad.

 

La verdad última en la que se fundamenta toda forma de respeto nos remite al Autor de esta obra de arte que es el ser humano. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuando respetamos a la persona -al vecino, al aún no nacido, a los hijos, a los padres, a nosotros mismos-, podemos escuchar lo que Cristo dice en el Evangelio: "A mí me lo hiciste".

 

El nexo entre respeto y caridad es fuerte y profundo. El respeto, a fin de cuentas, no es sino una manifestación del amor. Del amor que Dios nos ha tenido. Y del amor que nos llama a reflejar.

 

 



Optimismo en tercera dimensión


Querien Vangal

Sept./2007
 
 

En una ráfaga, en una imagen, el optimismo es ponerse las gafas tridimensionales y recomenzar a ver, a vivir. ¡Ojala que muchos ya hubiesen comprado estas gafas!

¿Y si no se han adquirido...? Entonces al abrir el periódico, deprimirán los crímenes, las catástrofes y las zancadillas de la farándula. Y una vez machacados anímicamente nos rematarán los pronósticos de un tráfico tupido, y como siempre, la constante alza de precios.

Con estas gafas, en cambio, animan las declaraciones del portero del Parma Luca Bacci "ejerzo el voluntariado, soy padre de dos hijos y aunque emprendo iniciativas solidarias tiendo a no ostentarles, pues creo en el Evangelio y la recompensa no la quiero obtener en este mundo"; o la de Michele Hunsiker ex miss Italia "es mejor recibir un portazo en la cara que traicionarte a ti misma y a tus valores"; llenarán de entusiasmo los 500,000 jóvenes que sacrificaron un fin de semana soleado para acompañar al Papa en Loreto testimoniando su fe; la ayuda de caritas a 50, 000 damnificados del terremoto en Perú, los millones de voluntarios que desgastan sus vidas en el tercer mundo y un sin fin de motivos de esperanza, que se hacen sentir si se activa: la tercera dimensión.

El optimista penetra otras dimensiones y descubre que vale la pena vivir y vivir con esperanza. Ver en una dimensión es quedarse con lo hosco, lo sombrío, lo "demasiado humano". La segunda dimensión te lleva a juzgar la virtud y medir la cantidad de bien y de mal, dividir a los justos y a los malhechores, establecer unos parámetros solamente racionales, y a decir verdad, bastante descorazonados. La tercera dimensión ¡y vaya que hace falta coraje tan solo para decirla! es la del cristiano.

Así de claro, el autentico optimismo hunde sus raíces en la esperanza cristiana. "Dum spiro spero" mientras respire hay esperanza. El seguidor de Cristo se da cuenta del mal, pero enfoca las gafas que hacen surgir lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado, como dijo Theillard de Chardín. El cristiano enciende el ingenio para resolver el problema, pone en marcha la maquinaría para hacer progresar al mundo y eleva la esperanza porque no todo depende de él, sabe que su optimismo le viene de Aquel que es la Alegría y la Vida.

Porque el optimismo no es ni anestesia, ni ceguera, sobre todo es actitud. La actitud del que ve con otros ojos, sin esconderse la realidad, ni minusvalorar los problemas.

No es difícil cazar a los negativos, salen a la luz con frases como estas: "El mundo se hunde cada día más y Dios aparece cada vez menos". Es decir, que en toda su vida estos ni trabajan por Dios, ni se apoyan en Él. A Dios solo le mencionan cuando necesitan un culpable, un egoísta. "A ese inútil que no le ha venido en gana arreglar el mundo. Ya pudiera Él castigar a los malos, y aventar sacos de comida a los pobres" dicen.

Optimismo es optar, y el cristiano está feliz de saber que Dios le ha regalado la libertad para obrar el bien y ayudarle a construir su plan de salvación. Martín Descalzo lo dijo magistralmente: "Con la omnipotencia de Dios y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor".

Los pies en la tierra, el corazón en el cielo y la sonrisa en el rostro ¡así marcha el optimista por las sendas del mundo! Nos brinda más paz el perdón que el rencor, la ilusión que el desencanto, la alegría que la tristeza, el dinamismo que la pasividad, la jovialidad que el ostracismo, la fe entusiasta que la incertidumbre, el amor que la negatividad.

Y visto así de concretito es ridículo reducir el optimismo a elevar el pulgar poniendo cara de mojigato. El optimismo va vislumbrado en tercera dimensión, envuelto en bandera de esperanza. Una persona optimista no contagia, eleva y cuando muere no deja del todo la tierra. "No es este mundo el hogar prometido, es el sitio de prueba, de fragua y entre las chispas que saltan y el hierro que se escuece más vale que haya sonrisas, porque el destino final estará repleto de ellas".


Náufragos espirituales

 

 

Querien Vangal

Sept./2007

 

Si, a veces me siento como un náufrago nadando en un mar de incomprensión espiritual, tratando de encontrar aunque más no sea una isla pequeña donde descansar ¿A qué me refiero?

 

Rodeado de la vida mundana, no se advierte que los demás miren este mundo aunque no sea más que un poquito, con los ojos de Dios. Escucho hablar a la gente de cosas que suceden, y se advierte de inmediato la mano de Dios en ello. Pero, ¿cómo decirlo, si no hay peor sordo que el no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver? Miro a derecha, a izquierda, por delante y por detrás, y sólo veo gente que no tiene la más mínima voluntad de introducir a Dios en sus vidas. ¡Un verdadero mar de frialdad espiritual! Miles de millones de almas viven totalmente ajenas a El. Mientras rezo en mi interior, y pienso en lo mal que se siente el Creador al ver semejante nivel de indiferencia, más y más me siento como un náufrago perdido en un mar de ignorancia y ceguera espiritual. Y ésta realidad me resulta visible en aquellos momentos en que, por Gracia de Dios, se abre mi corazón a ver la realidad con una mirada espiritual, porque el resto del tiempo entristezco al Señor con pensamientos y sentimientos del todo mundanos también.

 

En este mar apático se nada y se nada, buscando una isla donde aferrarse. Y esas islas aparecen, cuando cruzamos nuestro camino con alguien que ve a Dios en lo que ocurre a nuestro alrededor. ¡Y cómo nos aferramos a estas personas en esos momentos! Conversaciones vibrantes, plenas de amor a Dios, compartiendo tantas cosas que el mar-desierto espiritual que nos rodea ignora totalmente. Son momentos de descansar, de tomar fuerzas, de recordar que el Señor nunca nos deja desamparados. Y luego de gozar estos instantes de unión con esos hermanos en el amor a Jesús y María, a nadar nuevamente en el mar que nos rodea.

 

Creo que nuestra obligación, como hijos de Dios, es sobreponernos a éstas frustraciones del alma, y seguir luchando en medio de tan grande incomprensión. Debemos dar testimonio del amor por Dios, aunque nadie nos preste atención, a riesgo de que nos tomen por locos o aburridos, o pasados de moda, o el calificativo que sea. Imaginen que el pobre Jesús también nadó en este mar espiritual cuando vino a nosotros, y como siempre, la Palabra del Señor es el modelo de lo que debemos esperar de nuestras vidas, y también de cómo debemos reaccionar frente a la falta de amor del mundo.

 

Hoy nos sentimos náufragos, y también colaboramos con el naufragio general ante nuestra falta de amor por El. Pero, personalmente, creo que si cada uno de nosotros nada con fuerza en estas aguas, dando vigoroso testimonio del amor como único camino, se irán formando más y más islas a nuestro alrededor, hasta que se unan poco a poco.

 

Y esas islas, que son las almas de los que aman a Dios, unidas unas con otras formarán un continente espiritual, donde reine el Amor por nuestro Dios, donde se pueda pisar firme y confiado en tierras regadas por las lágrimas de quienes donaron sus vidas por el Salvador, a lo largo de los siglos.



Meditaciones de un padre

 
Querien Vangal

Sept./2007

 

 

Siempre me ha gustado la parábola del hijo pródigo, tanto que la he citado más de una vez en mis libros. Es una de las parábolas más conocidas del Evangelio y precisamente por ello –como muchas veces ocurre con las cosas muy conocidas-- se expone a pasar por nuestros oídos sin que cojamos su gran dosis de provocación.

 

La historia es conocida por todos. Hay un hijo desvergonzado, como tantos en cada sitio y en cada tiempo, que de repente pretende tener su parte en la heredad del padre y se va lejos para buscar su destino. Sin embargo, las cosas no le salen bien y en poco tiempo se ve obligado a volver a casa, ofreciéndose como esclavo.

 

El padre, en vez de darle con la puerta en la cara como muchos harían, lo acoge con los brazos abiertos e inmediatamente, no obstante la hostilidad del hijo mayor –que fue el que se quedó en casa, respetando la tradición de obediencia filial-- hace celebrar una fiesta por su retorno.

 

Esta historia, aparentemente tan simple, es, creo, una poderosa metáfora de nuestro tiempo.

 

Jamás como en estos últimos dos siglos, en una carrera cada vez más loca, el hombre ha separado la inteligencia del amor y, con el orgullo de su saber, ha creído que puede ser el único artífice de su propio destino.

 

La libertad se ha transformado en uno de los valores fundamentales, pero en esta libertad –que de por sí es justa– se ha terminado por perder el sentido de orientación.

 

Liberarse de algo siempre quiere decir ser prisionero de otra cosa.

 

Y así nosotros, en vez de hacernos íntima y profundamente libres, hemos llegado a ser esclavos de la libertad.

 

Poco a poco nos hemos liberado de todo. Nos hemos liberado de los tabúes y de los límites, de las dudas y de las turbaciones, de las reglas morales. Sobre todo nos hemos liberado de la idea anticuada y oprímete de la existencia de Dios, con la certeza de ser ya los únicos propietarios de nuestro destino.

 

Sin embargo, la historia de este tiempo nos dice que no ha sido así. Nos dice que el cielo vacío no fue llenado con la grandeza del hombre, sino con su locura, con su orgullo, con su sed sanguinaria.

 

Esta libertad conquistada liberándose de quienes eran considerados cargas, demuestra ahora toda su fragilidad, su arbitrariedad. No ha conducido a ninguna parte, si no a un lugar en el que las personas han perdido el respeto por sí mismas, por los demás seres humanos y por todo lo que les rodea.

 

El hombre que tenemos ante nosotros ahora es un hombre pobre y profundamente perdido, un hombre frágil que vive suspendido entre la incapacidad de afrontar el presente y el ansia por el futuro.

 

Un hombre afligido por una forma grave de infantilismo, donde la dimensión infantil no es la de la plenitud, sino la de la vanidad y del egoísmo.

 

Como el hijo menor de la parábola, el hombre ha tomado sus bienes del padre –en este caso la inteligencia-- y se ha ido lejos a construir su destino. Pero un hijo, por cuanto lo niegue o no le guste, está unido indisolublemente a sus raíces.

 

El tema del retorno me resulta muy querido. El camino del retorno, por ejemplo, es la vía que buscan emprender también Walter y Andrés, los protagonistas de Anima mundi.

 

Y es precisamente Andrés –quien no será capaz de cumplir el camino hasta el final– quien afronta, con sor Irene, la parábola del hijo pródigo. Sor Irene lo narra a Walter así:

 

–«Por la tarde, después de cena, quiso que le indicase el pasaje de los evangelios donde se narra la parábola del hijo pródigo. La leyó varias veces ante mí y luego me dijo:

 

-- "Pero no es justo".

 

-- "¿Qué no es justo?"

 

-- "Que los hijos que se han comportado bien sean tratados con indiferencia y que en cambio, para el regreso del delincuente se haga una gran fiesta. ¿Por qué no se rebelan? ¿Por qué no lo expulsa a patadas al lugar de donde vino? ¿Qué quiere decir? ¿Que lo mejor es portarse mal?"»

 

El pensamiento de Andrés es también el pensamiento del hijo que se queda fiel en casa. Es el pensamiento de todos los que no se sienten suficientemente amados y que envidian la luz que imaginan ver brillar en otro.

 

«He aquí», dice el hijo que se quedó con el padre, «que yo te sirvo desde tantos años y no he transgredido jamás un solo mandamiento tuyo, y tú no me has dado jamás un cabrito para hacer fiesta con mis amigos».

 

Se trata de un sentimiento extremadamente común, el sentimiento de quien no se arriesga y no se mete, pero que se mantiene fijamente fiel a lo que se debe hacer. Y por este mérito –dictado sobre todo por el miedo a vivir– se siente con derecho a juzgar.

 

Este es el punto que hay que iluminar en la parábola. ¡Cuántos hijos mayores hay entre nosotros! ¡Con qué facilidad el ánimo humano abraza la vía del deber en vez de la vía del amor!

 

No es una vía cómoda, la del deber, es una vía aburrida, repetitiva pero –y es esto lo que la hace apetecible– es una vía segura, sin riesgos, en la que lo que se tiene y lo que se da están regulados por cálculos precisos de contabilidad.

 

Pero quien no actúa y juzga –como el hijo que se queda– ciertamente no es mejor que quien, arriesgándose y errando, se aleja para buscar su camino, como el hijo menor. Aquel que reivindica, que se autocomplace en la propia diligencia, revela –antes que nada– una naturaleza no libre, incapaz de aperturas, y por tanto, de comprensión.

 

De hecho, la comprensión nace solo en quien ya ha caído, en quien ha probado la experiencia de la fragilidad y de la derrota, y la ha aceptado. Para resurgir, es necesario antes pasar a través de la opacidad de la muerte. Muerte a sí mismos. Muerte al propio orgullo. Muerte a la terca voluntad de construirse un destino extraño a la ley del amor.

 

El hermano obediente, víctima de la envidia y por tanto, del odio, está destinado a vivir en la cerrazón, en la mezquindad, en la inmovilidad. Anclado a estos sentimientos, no alcanzará jamás a comprender la absoluta libertad que dona el saber perdonar. Y así aunque siga juzgando a los demás, no será jamás un hombre de justicia.

 

Porque la justicia, en el curso de una vida, nace solamente de la comprensión de un recorrido, de la capacidad de liberarse del estado de esclavos obedientes para asumir el de hijos, y por tanto, de hermanos.

 

Lo que limita la visión de quien vive protegido de coartadas de buena conducta es la imposibilidad de comprender la dualidad del alma humana que oscila entre necesidad de certezas fuertes y el deseo de romper el orden.

 

Sin esta comprensión la vida está limitada a un deber ser –obedientes, respetuosos, fieles– y no es libre de adherir espontáneamente a un proyecto de amor que no contiene en sí ninguna forma de imposición.

 

Lo más grave es que el hermano-juez no ha entendido que la persona que hay que entender –en su dualidad no expresada– y perdonar –en su voluntad de justicia fiscal– es antes que nada él mismo.

 

Pero para perdonarse, es necesario conocerse, reconocer la poquedad de los propios sentimientos y el miedo a la propia libertad.

 

Solo así, a partir de la consciencia de los propios límites y de la propia fragilidad, puede iniciar el proceso de reconciliación. Consigo mismos y con los demás. Solo a partir de este punto puede iniciar la construcción de una verdadera justicia.

 

El hombre reconciliado es el hombre que ha cumplido hasta el final su camino de realización espiritual. Es paradójicamente el hombre que habiendo perdido todo, no tiene nada que perder.

 

Ha abandonado a lo largo del camino todo lo que fortificaba su ego, que lo hacía distinto de los demás y por tanto, en contraste.

Es el hombre que no conoce más el orgullo, ni la presunción. Y por ello está totalmente disponible para el amor.

 

«La lógica del amor es una especie de no-lógica», explica Sor Irene a Andrés en Anima mundi. «Muchas veces sigue vías incomprensibles para nuestro entendimiento. Existe la gratuidad en el amor, es esto lo que nos cuesta aceptar.

 

En la lógica normal, todo tiene un peso y un contrapeso. Hay una acción y una reacción. Entre una y otra siempre existe una relación conocida.

 

El amor de Dios es distinto, es un amor por exceso. La mayoría de las veces, en vez de ajustar, subvierte los planes. Es esto lo que pasma, lo que da miedo. Pero es también esto lo que permite que el hijo desenfrenado vuelva a casa, acogido no por el hastío sino por la alegría.

 

Se equivocó, se confundió, quizás hasta hizo mal, pero luego vuelve. No vuelve por casualidad, sino que escoge volver.Escoge volver a la casa del padre».

 

 



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